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viernes, octubre 23, 2015

Gestión

Antonio López. Los amantes

En Madrid, las tardes de calor,
se venden más los cuerpos que en invierno.

La calle es un erial de sueños agostados
y breve negociar, y rutinario.

El umbral de las columnas alienta un devaneo
susurrado y moroso, exento de requiebro.

Los plátanos consienten centenarios
el fácil deambular, el mundo raro...

Enrarecidos frescores de portales:
las palmas de las manos os desean -¿por qué suda el dinero?

Hálitos de brisa saturada
acarician cortinas de lino en las estancias,
lo tórrido desnudo entre luz hilo que pugna las persianas.

Resuellan voces ocres, pasos sordos, exhalan ascensores,
patios tragaluces digieren horas torpes.

La muerte del extático calambre
desata el verbo fácil -¿por qué la vida urge?

Pasar del desamor al desamor: gestión de nada.

https://drive.google.com/open?id=0B5x512be6ynIT1g2WkJmSU9ZY0E

viernes, octubre 16, 2015

Tu voz será semilla


a Julio González Alonso, con afecto

Siempre filtras la grana de la espiga,
el oro de la arena, el insondable
mar del alma, poética impecable
contra el grito, y adorno cuando abriga.

Tu luz espera abierta lo que diga
el alba que se nombre, inefable
vibrar de las palabras es la clave
que impregna de emoción tu voz amiga.

Tu voz. Será semilla para otros,
cosecha de Señor, domar de potros
que crean que la música es un ruido.

Será tu limpio estilo un alimento,
tu agua claridad para el aliento,
tu obra, amigo Julio, mi latido.

miércoles, octubre 07, 2015

Palabras como muertes


 
Así pasó el otoño

Desnudó con lentitud su oscuro canto;
trazó en las baldosas de lluvia un mapa imaginario
y mendigó humanidad al transeúnte,
consideración para su amarga teoría de la Historia.


Así era nuestro reino —susurros de tiza humedecida, dedos fríos—:
montañas, ríos, valles, ciudades permeables, rey distante…
Así los carcinomas que siempre padecimos:
orgullo, envidia, odio, soledad, cierta mentira
—: palabras como muertes
que halaba con ojos muy abiertos, muy cercanos. Era un loco.


Las gentes de bien pasábamos fingiendo de reojo
—tacto de ropa interior caliente y limpio—,
secretamente alegres, satisfechos
de ver abismo ajeno desplegarse antes del té.


Así pasó el otoño. A veces por la noche,
debajo del arco de mármol del ensanche,
seguía emborronando la lluvia con locura
perfectamente cuerda, razonada, consistente.


Vino el frío y el loco ya no estaba. Orgullo, envidia, odio, soledad, cierta mentira
quedaron con nosotros como muertes.
Y nadie dijo nada.

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