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sábado, octubre 22, 2016

Rodrigo


Paracuellos, de Carlos Giménez


Pienso en ti, y pienso en los mecanismos del  fracaso. Muchacho
delicado te recuerdo
librando una estéril reyerta de colegio.

¿Qué es perder? Cuando el lacre vital manaba escandaloso de tu ceja
tu pírrico rival ya calculaba abrumado su galerna:
un cura de flema tenebrosa, exilio a casa,
un padre impune y monstruoso —de tal palo tal astilla—.

Eras nuevo y eras frágil, y fuiste digno como un niño.
Aquel capo de recreo y su distinguido corrillo de cobardes
esperábamos sumisión al silencio establecido, que evitaras
complicarte la vida después de un sarcasmo fornicante
sobre tu madre —pobres madres—;
que mirases huidizo hacia otra parte, como adulto…

Pero tú volvías y volvías a por puños,
cojonero, replicante; a sabiendas de la herida
física —incluso, si fuera necesaria, de la muerte—,
a sabiendas de la debilidad de todo caudillaje ante el valiente.

Tu instinto era lúcido y entero, pero solo con tiempo pude verlo.

Estoy cansado.  A veces pienso que es tarde para todo:
desertar de aquel corrillo infame, ponerme de tu lado... Debería,
aquella vez en el trabajo que aquel jefe…
o aquella otra vez que… y nunca hice nada, dije nada.

Hoy recuerdo, Rodrigo, pienso en ti
y pienso en los mecanismos del  fracaso.

jueves, octubre 06, 2016

El niño que recitaba



Recitado por Juan Ibáñez


Cayéndose del guindo, feo y marcado,
la presa de los reyes del recreo
decía, en dulce paz de ninguneo,
palabras a compás bien resguardado.

A un orden inmortal abandonado
gustoso paladeaba aquel fraseo:
pirata luna y arpa, olmo y deseo,
el fiel moro Abenamar y el tractado.

Vibraba entre las pausas un ardor,
estrófico temblor,
un destino de santo o de corsario.

Pero el río del niño da en la mar
haciendo niñería el recitar.
La prosa le hizo adulto, un ser falsario.

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