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sábado, mayo 12, 2018

Autoinmune

Sigue dando días




Mi cuerpo me ama y me protege
auto-agrediéndose
en los círculos carmesíes de la inflamación;
me ama en las falanges de sarmiento retorcido,
en las uñas como lápidas verduzcas del otoño, me protege.

Ah, pero permanecen grisáceas las razones;
los agentes externos subestiman, desconocen
la párvula bestia, sus acúmulos de grasa de memoria,
la privada entereza de sus ráfagas rectoras,
su piel callando hormigas,
sus cartílagos bruñidos de paciencia
que aman, todos ellos, sin medida,
la ley de conservación del recipiente.

Sigue dando días, cuerpo mío
— un serio reumatólogo está en guardia, naproxeno, alcohol fuera—,
sigue amándome, autoinmune,
con tu amor contradictorio y coherente.

domingo, abril 29, 2018

Mundo de niño, la marisma

las mareas subieron y bajaron


Era mundo de niño para ti, una marisma
entera para ti, brillante y húmeda, sin vedas,
abundante de aire naval y de salitre,
gobernada por la seriedad de las mareas.

Era mundo de sobra para ti. La extensa playa
atesoraba cristales arromados, como pétalos al tacto,
conchas como párpados de mármol, atesoraba
la tarde infinita de verano, cuando abriste
—dentro, enorme para ti, acantilado y ola—
lo que no podrás cerrar mientras respires.

Un día duro y joven te mudaste.
Oscuro y desairado, pretendías otros mundos:
ciudades como abismos, repúblicas azules,
insurrecciones amadas, un vivero de sueños relamidos
en el secarral de las ideologías, pretendiste
mujeres que ondularan dócilmente tu bandera.

La marisma fluyó, como animal, todo aquel tiempo,
ajena a tu mirada bella en odio; las mareas
subieron y bajaron laboriosas, puntuales,
mientras tú profesabas lejos las mentiras —bellas en el odio—,
regido por otras gravedades menos cósmicas,
estéril en la prisa.

Y ahora no hay marisma para viejo.
Regresas —es muy tarde— al sendero de juncos soleados por la brisa
y el agua es menos limpia y más pequeña.

jueves, abril 05, 2018

La ventaja del que olvida

Helena Christensen. Wicked Game, 1989




La ventaja del que habla es el silencio del que calla
transigiendo el rumor de sus palabras
desplegándose vacías y doradas. El sentido
se dirime solitario, con el tiempo
deshuesado de miradas y alegatos. Porque es cierto:
la ventaja del que calla reside en la mirada al que le habla
—extensa o negligente, voraz o comprensiva, no tangible—:
establece un cauce limitado a la expresión, o la desboca.
Aquellos que hablan ensalzan la ventaja del que calla, y viceversa.


La ventaja del que duda es la malicia
taladrando ilusiones, espejismos, deidades perezosas;
el amor a la razón confina el miedo —no lo extingue—
al recinto del debate interminable, o a las bromas.
Se necesita algo de fe para ser polvo y, por lo tanto,
la ventaja del que cree es el consuelo del deseo
de creer. Su amor de voluntad lo puede todo. Las palabras
deciden la verdad del que las cree, no los hechos.
No existe anhelo inverso en este caso, pero a veces
los que dudan desactivan los apóstoles errantes
fingiendo añorar la ventaja del que cree.


La ventaja del que miente es el brillo que barniza la mentira.
Los poros insaciables de la farsa rezuman seducción, son muy creíbles,
ofrecen una dulce coartada moral a cualquier acto.
La verdad resulta insípida y modesta, laboriosa, sin embargo,
la ventaja del que dice la verdad es la rocosa belleza del detalle
intrascendente —sonaba esa canción… llovía fuera…nos reímos…— no falsable.
Aquellos que dicen la verdad secretamente aspiran
a la ventaja del que miente, y viceversa.


La ventaja del que intenta es la terapia del error
previo al acierto. Triunfar es postergar la recompensa.
El absurdo complot del indolente le desuela, pero hay riesgo:
melancolía de revisar la misma mierda muchas veces.
La ventaja del que pasa es que no yerra, su coraza displicente
parcela una mansión libre de crítica y esfuerzo.
Experto al corto plazo, es hábil inculpando y exculpándose; no obstante,
las gotas de tiempo erosionan glacialmente su relato victimista.
Los que intentan nunca cambian, ni cambian los que pasan
—nunca nadie cambia—:
se completan, contrapesan, son simbióticos; por tanto
envidian la ventaja del contrario cuando cargan su balanza.


La ventaja del que finge es la atalaya de la máscara.
Teatro en el teatro, el fingidor siempre calcula en demasía
porque tiene que fingir ante sí mismo, sobre todo. En sus antípodas,
la ventaja del que ama es el ahorro
del tiempo de pensar, no hay teoría
que pueda competir con el siseo de los labios de los ángeles.
El fingidor envidia con sonrisas indulgentes la ventaja
del que ama: la ventaja del que nunca envidia nada.


Recuerda todo esto, memoria, cuerpo, vida
y concédete la ventaja del que olvida.

martes, enero 30, 2018

El juego inevitable




https://drive.google.com/file/d/1wFGfJevTMTwApV2prPnOSR7bzW1GQY2R/view?usp=sharing





    podrías morir esta mañana.

Te separas del sueño como siempre,
sedientas las entrañas como siempre; con tierna eficacia tus sistemas
generan podredumbre entre belleza; mientras tanto,


en una curva necesaria
el rocío helado charola el pavimento,
o en una esquina breve
un perno fatigado por el viento declina un voladizo
de filo casual para tu nuca, que avanza orgullosa y apurada;
o tal vez en ese vomitorio ferroviario
respire una bomba henchida de creencias, y acabes
siendo tripa de portada, manubrio de presión de las conciencias.


Pero también puedes vivir
si antes desplegara providencia persona o maquinaria
        y todo se evitara
-glosarías con otros viadores tu baraka;
coqueta y disfrutona tasarías las hechuras del agente
acariciando detalles temerarios que aguzasen la fruición de seguir viva.


Ahora bien,
¿de algo serviría que todo se evitara
sin la clave segura de un día inevitable?
¿Qué gozo supondría, qué ventaja?
¿Qué brillo aportarían ya más días si los días
sobrasen por eternos y su magia
-su luz incandescente, su latencia
de niño sorprendido, la promesa
de juego informulable, su ventura-
quedase desleída en abundancia?


De poco serviría
o bien de nada
si el juego inevitable se evitara.

viernes, agosto 18, 2017

Del barrio viejo y el barrio nuevo



https://drive.google.com/file/d/0B5x512be6ynIaVBHMHFqdkpzSXc/view?usp=sharing


Cae la noche:
toneladas de carne reposando en altos bloques;
en el límite exterior de la nube afarolada, en este barrio nuevo,
soñar se nos revela industria inútil
y no tenemos otra.

Nos vamos avecinando entre tabiques: los llantos o las risas, las mudanzas,
los ácidos reproches y gemidos, las micciones,
el suspiro marítimo del agua en su cascada de cerámica,
la gota de tiempo pertinaz que ducha el alba,
traspasan todos ellos la quietud en un dócil estrépito  
—imposible no creer que nadie escucha, es cuestión de inercia y de cordura—.

Atraviesa los solares de grilleras polvorientas
el murmullo blancuzco del asfalto, su trasiego, y nos contiene
despiertos, boca arriba, pensando quién y a dónde
trajina con su cuerpo en esta hora, qué razones
le obligan a cansarse por el mundo, o si su noche
será una noche más, como la nuestra, igual a cualquier otra.

Despiertos en su aroma, a nuestro lado,
estrenando la cama de espaldas a nosotros,
los cónyuges de barrio
tumbados en su propio pensamiento,
absortos en la oscura calima de la estepa urbanizada,
escuchan en silencio el mismo aire, parcelándolo
—ellos con el paso de su tiempo, nosotros con lo externo…—

Así son, ahora y antes, nuestras vidas:
espejos de las vidas de los otros,
iguales a las vidas que sabía el barrio viejo.

domingo, julio 02, 2017

Todo está en ti



https://drive.google.com/file/d/1X_i9PDhOolGLQJoiGfufFJj2khvw9V3G/view?usp=sharing


Los versos que ahora lees no son versos,
solo una sucesión de caracteres
inédita, un zulo de entenderes
que intenta adjetivar mis universos.

Tú darás la cadencia y los diversos
matices de rumor de amaneceres;
tú serás quien evoque en los ayeres
una noche, un jardín, orgasmos tersos...

Todo está en ti, la música y la historia,
el nombre amado, brillo en que se engarza
la belleza semántica aleatoria.

Yo solo soy el verbo, la comparsa,
el dedo interruptor de la memoria,
la máscara mudable de la farsa.

martes, marzo 28, 2017

Especulación moral sobre el rey Favila, muerto a manos de un oso

Froiluba despidiendo a Favila. Monasterio de San Pedro de Villanueva, Cangas de Onís.




…no hizo nada digno de la Historia…
Crónica Sebastianense

…sin quitarse el saco de malla que traía con el pavés en la mano y la espada en la cinta, quiso ir a montería. Su mujer la reina Froiluba, dándole el corazón saltos con temor de algún mal suceso, porfiaba con el rey que se desarmase, que venía cansado de pelear y que dejase por aquel día la caza. Tirábale del faldón de la ropa pidiéndole con lágrimas y palabras de amor que se apease. El rey porfiaba en ir y tomando un azor en la mano se despidió de la reina; y ella con mucho sentimiento le abrazó y besó, quedando muy lastimada por los secretos anuncios que le daba el alma.
El rey subió por un monte que está cerca de la vega, que se llama sobremonte al lugar de Helgueras, metióse en un vallecillo que hace ese monte y yendo sólo se topó con un oso; osada y atrevidamente, soltando el pájaro que llevaba echó mano de su espada y embrazó el pavés, cerró con el oso dándole una estocada por los pechos o hijadas, mas no bastó en quitar al oso que no se abrazase con el rey, y le hiriese hasta matarle sin tener quien le ayudase. En el lugar donde los suyos le hallaron muerto está hoy una cruz».

Fray Prudencio de Sandoval, Historia de los cinco obispos




Veíamos desaparecer al joven rey entre la niebla, huyendo del poblado,
sustentando la carga de picor y herrumbre de su padre:
las mallas y las armas, la corona, el mito inmarcesible.
En vegas solitarias, en valles mínimos e incógnitos,
donde el bosque masculla su húmeda abundancia
y la gota se desliza como mundo hacia el arroyo,
allí era feliz — un azor, dos perros, un caballo—, hombre y soberano.
Sin vasallos.

La paz y las cosechas abonan un reino de frontera en la molicie.
Los moros habían renunciado  —algunos, en voz baja, decían despreciado—  nuestras tierras;
dimitieron de la guerra —infieles hasta en eso— sin acatos ni disculpas, en soberbio silencio,
violando un tácito compromiso mutuo contra el tedio.
La muerte de Pelayo nos había sumido en un presente antiguo, sin anclajes.
(Un largo funeral de curas plañendo satisfechos, Favila confundido y encorvado,
tiritando de miradas en medio del crucero, incapaz de entretenernos.)

Crecieron entre nosotros las disputas por límites y celos,
con un doble objetivo: la lucha contra el tedio
y calibrar el confín de la paciencia del rey nuevo,
a todas luces blando e indeciso, el vástago enfermizo de Pelayo.
Crecieron los rumores sobre su fe y su caridad. Pacato y reservado,
era ajeno al estilo ampuloso y detallista — tan grato al oído del obispo — de su padre al confesar.
Crecieron los rumores sobre su hombría y su coraje, se mostraba
renuente al rito del abrazo, la prueba de los nobles,
el sello fehaciente del mesías que guiara la obsesión de nuestro pueblo:
reconquistar lo que nunca poseímos.

Cansado de la pompa, atenazado en la balanza del rey muerto,
se encerró en conversaciones con bosques y animales, en la caza.
A menudo perdonaba la vida de las bestias: jabalinas criando, urogallos,
corzos jóvenes, lobeznos; acariciaba los salmones con cariño y los libraba;
respetaba los huevos de los nidos, conformándose —¿qué rey?— con un puñado de castañas.

Froiluba le esperaba trasparente entre la nieve,
consumiéndose de vida contrahecha,
deshilando juventud con una rueca,
rezando por su amor y por su reino, entumecida de piedra en la capilla,
paralizada entre rumores y el deseo abrasado de plasmarlos.

Había que hacer algo.

Quedaba un minúsculo poblado morisco en la frontera.
Los nobles y el obispo urdimos la feliz escaramuza
donde el rey diera medida sangrienta de sus brazos;
sería una tranquila cacería, una fácil limpieza de alimañas
sin alma ni decencia. Al alba partimos a caballo,
con las armas, la cruz y el estandarte, henchidos de fe cristiana y de nobleza.

Llegamos al lugar a media tarde, rezumando las ingles de dolor y lluvia sudorosa.
Diez cabañas de broza junto al río, una fogata, algunos niños
famélicos y sucios, jugando con el barro de gallinas, corriendo a refugiarse;
mujeres con criaturas de Dios entre los brazos, cubiertas con el velo,
ancianos purulentos sobre esteras, incapaces de emprender el camino de Castilla;
y cuatro o cinco hombres temblorosos, armados de palos y cuchillos,
saliendo a nuestro encuentro.
¡Por Favila y por Asturias! Cargamos contra ellos.

Favila atenazado. Favila con los ojos muy abiertos, en medio de la sangre
y de los gritos. Favila caminando como muerto entre miembros desgajados.
Favila registrando en su memoria las últimas miradas de las madres.
Favila registrando en su memoria las últimas miradas de los niños.
Favila demudado y encogido, arrastrando su espada por el suelo,
llorando de piedad, avergonzado  de lo humano
y dudando lo divino.

Cabalgamos de vuelta por la noche, en un silencio informe
y llegamos a tierra santa en la mañana. Allí nos esperaban las mujeres
ansiosas por curar nuestras heridas, Froiluba la primera,
besó a nuestro señor el dorso ensangrentado de una mano. Pero Favila no descabalgó;
mandó a por sus lebreles y su azor, impávido y distante,
sus ojos inyectados de cansancio y decisión.

Froiluba rogando y padeciendo. Froiluba arrodillándose y gimiendo,
suplicando por el reino y por el cielo.
Y nosotros callando como suelos.
Nosotros atrapados en la vida, en este extraño lapso impredecible,
en este deambular contradictorio, terrible, irrenunciable,
atados a esta raza de animales endiosados.

Y allí donde el valle se encapricha y se vuelve tenebroso,
donde el río ensordece los recuerdos con su canto
y el bosque cerrado nos muestra indiferente lo que somos,
allí esperaba el oso. El oso necesario.
Su necesario abrazo.


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