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domingo, febrero 09, 2020

Máscara y mandorla


Paseo de los tilos en Segovia







He aquí la verdad: hacer las máscaras
Jaime Sabines

 

De manera oblicua nace el verso. Nada
parece convocarlo en esta esquina de la tarde. Sólo
un airear de mirlos acaricia la cruz del campanario
bañado en sol menguante, entre la calma.
En el horizonte final sueña la sierra.


Yo creo que es una ráfaga sistólica que atiende, aleatoria,
la presencia de algún hilo de belleza, y humedece
con sangre una cámara mustia del cerebro. Un mecanismo
de ley de conservación prueba caminos:
Te falta paz, tesoro…
Vivirías mejor en la luz cálida que vemos…
Activando la cámara de fábulas…
Tal vez su dulce producto de palabras te convenza…


¿Y qué pueden registrar las palabras seductoras?
Joder, ¿que no tenía monedas sueltas para el parking?
No. Las mandorlas vacías no hacen templo. Mejor la máscara:
un álamo vertical escoltaba mi descenso,
las luces urbanas intimaban sobre el barrio recogido,
una pareja madura consumía silenciosa su paseo.


Y era tan verdad aquella máscara creada
como el mundo, la mandorla.

martes, enero 14, 2020

Llovaina

Llovaina


Pinzó el cuello de pluma palpitante entre sus dedos infantiles
y la piedra nula y fresca. Vio alzarse
el filo codicioso, brillante de rocío,
en las manos violáceas del abuelo.


Fue por San Antón. El río plateaba la ribera
y llamaban al verano las campanas de la iglesia.
Mimados por la sombra del carballo,
afluían los vecinos de la fuente:
tritones, salamandras —gamuzas del diablo lubricado—;
renacuajos, zapateros —las maneras de Cristo sobre el agua—.


Un breve surtidor de rojo silencioso
fermentó el dorso blanco de su mano.
Serás un hombre; dotado con el premio que resistas;
pero mira la danza del pollo sin cabeza: la vorágine
en un cuerpo desnudo de conciencia, huyendo de sí mismo
a la oquedad hambrienta de una boca.



Fue por San Antón, aquel verano: la sangre del corral,
 la decente comida familiar, luego la siesta
—el sueño caleidoscópico del patio,
templado de rosales y geranios: un harén
de trinares y brisas perfumadas—,
y su estreno al placer adolescente,
al juego solitario de la tarde.

lunes, enero 06, 2020

Si la luz cediera

Rey Skywalker



https://drive.google.com/file/d/1Hh6raeqrBlZqUSbvemujJGkInwMIujrb/view?usp=sharing

¿Qué harías si al partir la luz cediera?
¿O en alta mar, oscuro pasajero,
desarbola tu nave un aguacero
y seca la esperanza de tu espera?

¿Y si la noche nunca amaneciera?
¿Si errasen: el instinto de farero,
las estrellas, tu fe de marinero,
y huyese luna nueva traicionera?

Aún habría útil esta llama
que arde en mi interior —¡amado fuego!—,
alumbrando una ruta alternativa.


¿Y si pudre ese ardor y ya no inflama?
Siempre me queda el mar, el dulce juego
de la espuma brillando a la deriva.


(Audio recitado por Hallie Hernández Alfaro)

jueves, noviembre 28, 2019

Las caravanas de la seda

 


Juliette Binoche, en El Paciente Inglés
 
Duérmete ya, las horas de la noche
avanzan largas en su atmósfera de establo. Tú no puedes
cambiar solo la mecánica del mundo, el insaciable
afán por el desierto de la vida. Ni lo sueñes.
 
Ahora duerme dócil y descansa, deja
de escrutar ojos vacíos en las sombras. Tú
has frotado ya tu lámpara, has segado los campos de lavanda,
has unido heridas varias con púas ácidas de fuego,
derramado calor y dignidad sobre tus hijos, has
honrado los códigos del hombre. Ya descansa.
 
Y sí, recuerda los días de oasis y de fiesta,
las noches distintas —azules de dátiles y estrellas—,
cuando brillaban las bailarinas en las jaimas
y decidías tu ruta libremente, fiándote del mapa.
 
Pero ahora duerme solo, ya mañana
volverán las caravanas de la seda con el agua.

martes, octubre 01, 2019

Intro Nocturno

Laura Dern. Wild at heart


La ciudad penetra inanimada el desierto de la noche; tú
has salido a beber silencio entre la sombra.
Crece una niebla dulce junto al río, se condensa en los labios
y en el pálido rumor de la corriente; caminas
sin rumbo definido, sin alguien que te piense, sin problemas.


Unas hojas manuscritas bailan en la brisa sobre el puente:
se arremolinan temblando, húmedas como fragua de nostalgia
se rozan y dispersan. Tú sabes leer y tienes manos,
sabes algo de música en las letras,
sabes algo de símbolos extraños.


La tarde anaranjada de la alberca— breve azar, se ha aparecido
entre helor de niebla y noche, en una línea
de una de las hojas tiradas en el puente sobre el río.
Tú lo lees, y ves la tarde de la alberca, y ves al niño.


Doradas en la barca al mediodía— brillando a la luz de una farola,
como lascas de sol que proyectaban persianas de la infancia.
Su cuerpo a los jardines de neón — en otra hoja, y la memoria
decide flaquear, huir con la distancia. Tú lo sabes:
el olvido parcial precede al símbolo.


Palabras como muertes, que halaba con ojos muy abiertos… —han volado
las hojas hacia el resto de la noche
y la niebla se condensa ahora en tu cansancio. Es
la hora de volver.

miércoles, septiembre 25, 2019

Enfría el cráter

Jennifer Aniston en FRIENDS

https://drive.google.com/open?id=1gTdelF_vZWJWtZXY7Sk5ehWxB7lDhGbN
 



En ti ardían venenos arteriales, odio líquido,
como cráter lavando tierras vírgenes.
Aducías volcánicas razones para ello: cicatrices
tras un seísmo de turbia adolescencia.
 
Latían tus sienes en la paz con injusticia, tus pétreos
maxilares quebrantaban los debates ideológicos.
Cataclismo coherente, pregonabas, y tu vértice
giraba en torno a putas y sustancias indolentes.
 
Y se fueron desplegando años como nubes:
absortos y fríos, livianos de sentido, trasparentes, y llovió
una calma fina y persistente —esperma de dócil erupción,
matrimonio, hijos sanos, sillón de funcionario de partido—,
secando tu dorada lava en convenciones.
 
En el borde del cráter frío de tu vida nació entonces
una hebra simple y vegetal, verde y brillante.




domingo, septiembre 15, 2019

Tus labios y la roca




a la memoria de Blanca Fdez. Ochoa


Roca: lava que labró su ascenso a un imposible
cielo, allá cuando las eras del génesis sin guía.
Craqueada, endurecida después entre lenguas de glaciares,
olvidada por milenios del beso de la vida
en un pinar baldío de alta sierra,
acunada por las brisas de luna de los veranos de tu infancia.


¿Y tus labios? Olvidados del tacto de la suerte
y la memoria de ameba del Estado —puto padre—;
continuamente alerta en la pureza del litio
y en el potro de rabia de la fama.


Besaste la roca y en ella descansó, por fin, tu espalda.
Con ella se fundió tu alma blanca.



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