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viernes, mayo 31, 2019

Invitación al Jardín de los Reyes

Alfonso I, Favila y Pelayo, en el Jardín de los Reyes Caudillos, Oviedo




Penetrarás el jardín de los reyes, ciudadano,
cubierto por la sombra córvida del templo. 
                                                           Todo allí es 
humedad fría, excremento de paloma,
piedra calando, acuchillada por hoces de posguerra.


Los caudillos te examinarán 
como lápidas ciegas en la niebla,
dirimiendo en sus bocas harinosas hollín de combustible.
Oirás, según vibre tu alma, ciudadano,
los ecos de una absurda leyenda sobre nada:
una monarquía pueblerina y olvidada; o bien 
una sorda condensación de tu linaje:
el origen de una patria maltrecha y vigorosa.


Verás, según vibre tu alma 
—cuando la tarde despliegue su capricho por los muros,
y una luz de polvo y mandarina delimite 
proporciones cambiantes de los miembros—,
estatuaria de senado latino, o bien tiránica, 
solemne como muerto recental, o cómica amenaza,
que mueve a sorna, o bien alumbra trascendencia. 


Según te vibre el alma, ciudadano:
jardín de reyes o circo republicano. 
                                                  Es 
                                                  igual.


viernes, mayo 24, 2019

Nordés








https://drive.google.com/open?id=1OI5_XW1xE6PEdwjL-f-LReOBuBAJcUkp


Nordés: la playa consiente y rememora.
Basta un jirón de nube blanca en la distancia,
basta el mullir de arena fría bajo lámina salada
y el trizar sordo y cremoso de las olas
para darte vida nueva, clave y patria.


No es sólo nuestro nombre para el viento, es
también un nombre nuestro para el alma.


Nordés: el sol como la seda en las banderas.
Basta que conectes tus entrañas al salitre de la barca,
basta entregar tu cuerpo antiguo al verde atlántico del agua
y al rumor de roca fresca de la brisa
para darte infancia nueva, luz y madre.


No es sólo un nombre nuestro para el viento, es
también nuestro nombre para el alma.






sábado, mayo 18, 2019

Acaricias lo justo y necesario







Asciendes al desván de la heredad, el tiempo cruje.
Voraces de memoria, violentan tu mirada
fotografías azules de posguerra: ya están muertos
los que sonríen desde el pueblo de tu infancia.


Acaricias el polvo de las caras, los nombres
menudos de los niños, trazados a pluma estilográfica.
Acaricias la fuente de la plaza, la nieve gris, el río, lees
el año detenido en las solapas.


Otras serán de junio: acaricias
los carros de hierba adormilados,
la tarde laboriosa, el olor a sol picante de la siega,
el castaño legendario, las costillas parsimoniosas de los bueyes.
Allá, entregada al viento, acaricias la pared solemne, el cementerio.


Y más lejos, cerrando la puerta de la iglesia, don Aurelio,
subido en su mueca de amargura, su sotana. Y acaricias
                                                                                  la piel del odio,
fresco como entonces,
y justo y necesario, como entonces.

Esperando al amigo

Black, Wonderful life, 1987






Esperabas al amigo, con tu traje de Batman, sentado a los rumores de la fuente.
Cabezudos y gigantes danzaban en la plaza soleada;
la brisa trasportaba bullicios de la fiesta, umbral de primavera,
olor de algodón de azúcar, palomitas,
el hálito industrial del tragafuegos.


Mirabas serio tu reloj, señor oscuro, y ya tardaba mucho.
Pasaban chicas y cervezas, disfraces y máscaras, risas que se iban alejando.
La vida, tal vez —extraño joker—,
le había destinado, justo entonces, algún tropiezo impredecible.
Quizá hubiera atasco por la feria, o quizá —Dios no lo quiera—,
un siniestro incidente había demorado su existencia.


Pasaron zancudos y payasos, caballeros y damas medievales,
zombis ofuscados entre kétchup y drag queens. Pocahontas y Quevedo.
Tal vez… Un accidente... Pisó sin querer su negra capa… La máscara del héroe le cegaba…
Llamaría pronto el SAMUR… Tu número sería su último contacto.
Pasaban arlequines venecianos, brasileñas en tanga, lord Voldemort, Pikachu,
piratas tuertos y princesas, el profe de Pink Floyd y Maradona.


Pensabas: me llevarán al hospital con estas pintas,
habrá que identificar al pobre Robin, aportar explicaciones:
le esperaba, queríamos desfilar en Carnaval, hablamos por el móvil normalmente…
Los doctores escrutarán mi disfraz de arriba abajo, molestos por lo absurdo,
saturados de comas etílicos y abusos de pastillas,
suspirando impacientes por las dobles jornadas, los recortes…
Pasaron Rihanna y Lady Gaga.
Y luego el tanatorio, la familia. ¿Por fin podré cambiarme?
Qué desgracia… Toda la vida por delante…


Pasaron Thor, Superman y Hulk —la masa—,
y detrás venía Robin, corriendo y resoplando, avergonzado,
una disculpa cubriéndole la máscara.

sábado, mayo 04, 2019

Don Antonio

Gamoneda


Tenía las cejas como eñes arbóreas, y los ojos
como tierra negra abierta por raíces, y la boca
delineada por el frío de la infancia: grande y plana.


Tenía los cabellos acerados, las orejas
cavernas volcánicas nevadas, y las manos
azules y surcadas, como eran las manos de mi abuelo.


No hay que admirar a nadie demasiado…
me dijo sonriendo, con un lento cabeceo de sus párpados.
Su voz sonaba atávica, nudosa,
como el eco mineral del arroyo por la gruta,
o la piedra de un molino grande, vaciado.


Se inclinó para firmar Canción errónea; miré afuera.
Valladolid reventaba de verano y, sin embargo,
mi memoria era invierno de León: balcones fríos
de la guerra. El niño viendo
los hombres encadenados a la vida, que es la muerte,
el alto poemario que fue padre,
la madre como manos en su pelo, su calor.


Sin error posible,
a pesar de título,


—sus letras mordidas y angulosas
como picos de paloma entre las sombras.

Mercader fuera del templo

lames las gárgolas obscenas


Gimes en la penumbra bajo el pórtico y extiendes
tu mano como ausencia gris, a la limosna.
Tu cuerpo desnutrido y viejo tiembla, oscila
en el aroma final de las misas, cuando arrullan
—incienso, sudor, perfume, cera…—
los últimos responsos en las bóvedas.


Mercader de caridad. Fuera del templo
ostentas en tu pecho iconos degradados de vírgenes y santos.
Humillas sonriendo tu boina desahuciada
al paso señorial de los clientes
—las carreras alegres de los niños,
la mudez somnolienta en los ancianos—
detenido en gesto fácil y magnánimo:
tendrás moneda nueva
brillando al sol y al aire primaveral, sobre tu mano.


Mercader de soledad, la plaza se vacía y cae la tarde
y vuelves a dolerte entre periódicos y sacos.
Y bebes, y murmuras blasfemias agriamente,
y conspiras furtivo contra el mundo,
y lames en la piedra
las gárgolas obscenas de las jambas.

Mi vergüenza

Suzanne Vega, Luka. 1987




La vergüenza es un sentimiento revolucionario
Karl Marx

Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra
no podría volver
Antonio Gamoneda



Yo era joven, había guerra lejos.
El Gobierno envió tropas, soldados jóvenes y pálidos
con menos privilegios que los míos.
Y había una muchacha muy guapa y progresista
que no se impresionaba fácilmente.


Había calimocho y marihuana,
había una gran marcha de protesta:
todos juntos en el sueño de inocencia fácil de las masas.
Y había un policía joven y nervioso
con menos privilegios que los nuestros
—universidad, comida y cama gratis, bromas gratis,
Levi´s rotos, vinilos y poemas
rebosantes de rabia de juguete—.


Y alguien muy valiente lanzó desde la masa
un adoquín al casco de aquel joven policía.
Volvió, a punto de caer, su rostro confundido, reflejaba
el miedo a la injusticia, al colectivo en poder del privilegio.
Y yo también entonces coreé, junto con otros:
¡ETA mátalos!


Mi vergüenza.
Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra,
no podría volver
y callar.

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