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miércoles, mayo 02, 2012

La casa de verano en primavera


La casa de verano en primavera.
El cielo laminado en cirrostratos.
Viento fresco gaviando la bandera, el mar esmerilado.
Las dunas ríen verdes. Tal vez vengas.

El ferry de Nador emboca el puerto
perdido de gaviotas; solías envolverlo
en una lejanía de ojos quietos,
en un amor de viajes
que abría tu apetito de sentencias.
Vivir ya es suficiente, me decías,
y yo no te escuchaba. Tal vez vengas.

Mañana encalaré.
Hender los imbornales del invierno, podar la buganvilla,
sanear las memorias del terrado,
saludar al butano y al pescado
-la dorada más fresca de la Historia.
Recoger el buzón. Tal vez no vengas.

El bar de la caleta quema incienso
haciéndose a la noche; solías adornarlo
con una poesía de trinchera,
con un temblar de labios
perlados de calimas del ocaso.
Mañana ya es bastante, musitabas,
y yo no me enteraba. Tal vez vengas.

Mañana venderé
la casa de verano en primavera
y así no habrá razón para que vengas.

Pasaste en bicicleta


Pasaste en bicicleta.
Tu cuerpo de masái joven y tenso
y olor a junio entrado,
talando lentamente de mi aliento
pedazos de pulsión, latidos de cordero.

Candiles de la feria doraban a tu paso
sillín nube de azúcar, mechones almendrados,
nudillos del envés del chocolate,
pantorrillas de tarde anaranjada.

Tu amiga te llamaba por tu nombre
jugando a ser tu ama
y abriste tu sonrisa de ojos chinos
y hoyuelos asturianos.
Y la noria giraba en la fritanga de churros con piñatas y la tómbola
bramaba su numérico alboroto y la rumba rondaba la costura
dorsal de tu cintura.

Después vino el amor a estropearlo
y nada fue ya igual que aquel verano.




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