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lunes, enero 06, 2020

Si la luz cediera

Rey Skywalker




¿Qué harías si al partir la luz cediera?
¿O en alta mar, oscuro pasajero,
desarbola tu nave un aguacero
y seca la esperanza de tu espera?

¿Y si la noche nunca amaneciera?
¿Si errasen: el instinto de farero,
las estrellas, tu fe de marinero,
y huyese luna nueva traicionera?

Aún sería útil esta llama
que arde en mi interior —¡amado fuego!—,
alumbrando una ruta alternativa.


¿Y si pudre ese ardor y ya no inflama?
Siempre me queda el mar, el dulce juego
de la espuma brillando a la deriva.


(Audio recitado por Hallie Hernández Alfaro)


miércoles, septiembre 25, 2019

Enfría el cráter

Jennifer Aniston en FRIENDS


Audio




En ti ardían venenos arteriales, odio líquido,
como cráter lavando tierras vírgenes.
Aducías volcánicas razones para ello: cicatrices
tras un seísmo de turbia adolescencia.
Latían tus sienes en la paz con injusticia, tus pétreos
maxilares quebrantaban los debates ideológicos.
Cataclismo coherente, pregonabas, y tu vértice
giraba en torno a putas y sustancias indolentes.
Y se fueron desplegando años como nubes:
absortos y fríos, livianos de sentido, trasparentes, y llovió
una calma fina y persistente —esperma de dócil erupción,
matrimonio, hijos sanos, sillón de funcionario de partido—,
secando tu dorada lava en convenciones.
En el borde del cráter frío de tu vida nació entonces
una hebra simple y vegetal, verde y brillante.




domingo, septiembre 15, 2019

Tus labios y la roca




a la memoria de Blanca Fdez. Ochoa


Roca: lava que labró su ascenso a un imposible
cielo, allá cuando las eras del génesis sin guía.
Craqueada, endurecida después entre lenguas de glaciares,
olvidada por milenios del beso de la vida
en un pinar baldío de alta sierra,
acunada por las brisas de luna de los veranos de tu infancia.


¿Y tus labios? Olvidados del tacto de la suerte
y la memoria de ameba del Estado —puto padre—;
continuamente alerta en la pureza del litio
y en el potro de rabia de la fama.


Besaste la roca y en ella descansó, por fin, tu espalda.
Con ella se fundió tu alma blanca.



sábado, agosto 24, 2019

Enrique Urquijo, una sentencia

https://www.youtube.com/watch?v=pNiERPFlTBs




I
Una diagonal de farolas amarillas zigzaguea.
Una papelina yace hollada sobre la calle polvorienta.
Tibias columnas resguardan una sombra marfileña.
Manos temblorosas, palabras graves: la sentencia.


II
Un parque dormita, inhabitado; un estanque
arrulla palomas oníricas, cisnes atenazados de belleza.
Te inyectas amor, te llama el agua
con sus brillos caleidoscópicos, helados:
entra y muere,
o vive padre y noble, en tu vacío lleno de tristeza.


III
Muchedumbres de rasgos polimórficos inundan las aceras.
Mil voces diferentes, mil bares de copas, mil embustes,
y sólo libre un portal para nacer,
y un dorso de neón desvelando intermitente
tu sentencia.

domingo, junio 23, 2019

Oscuro

https://www.youtube.com/watch?v=1T1VwDQlvd4
Fangoria


Oscuro: socavas los puentes que hacen río
y añoras en soberbia la otra orilla. Viertes
ponzoña gris en los acuíferos del alma. Solo,
bebes miedo con furor. Eso es muy fácil.


No hay mérito: demandas salvación
al numen-privilegio que proyectas con tu fuego,
y odias su cavernosa indiferencia. Tú no crees
en nada, salvo en la negra ensoñación devastadora
y en lágrimas reptiles. Y lloras porque es cómodo.


Juzgas y condenas desde tu cáustica atalaya,
pero tus hechos, tus facciones, son de hiena resentida. Exiges
rectitud en la senda de labor de los demás,
pero excavas trampas de emoción alrededor de tu desidia.
Manipulas a los sanos porque es fácil.


Oscuro: tu vida está podrida por tu culpa, sólo
puede saciarte la demencia.


viernes, mayo 31, 2019

Invitación al Jardín de los Reyes

Alfonso I, Favila y Pelayo, en el Jardín de los Reyes Caudillos, Oviedo




Penetrarás el jardín de los reyes, ciudadano,
cubierto por la sombra córvida del templo. 
                                                           Todo allí es 
humedad fría, excremento de paloma,
piedra calando, acuchillada por hoces de posguerra.


Los caudillos te examinarán 
como lápidas ciegas en la niebla,
dirimiendo en sus bocas harinosas hollín de combustible.
Oirás, según vibre tu alma, ciudadano,
los ecos de una absurda leyenda sobre nada:
una monarquía pueblerina y olvidada; o bien 
una sorda condensación de tu linaje:
el origen de una patria maltrecha y vigorosa.


Verás, según vibre tu alma 
—cuando la tarde despliegue su capricho por los muros,
y una luz de polvo y mandarina delimite 
proporciones cambiantes de los miembros—,
estatuaria de senado latino, o bien tiránica, 
solemne como muerto recental, o cómica amenaza,
que mueve a sorna, o bien alumbra trascendencia. 


Según te vibre el alma, ciudadano:
jardín de reyes o circo republicano. 
                                                  Es 
                                                  igual.


viernes, mayo 24, 2019

Nordés













Nordés: la playa consiente y rememora.
Basta un jirón de nube blanca en la distancia,
basta el mullir de arena fría bajo lámina salada
y el trizar sordo y cremoso de las olas
para darte vida nueva, clave y patria.


No es sólo nuestro nombre para el viento, es
también un nombre nuestro para el alma.


Nordés: el sol como la seda en las banderas.
Basta que conectes tus entrañas al salitre de la barca,
basta entregar tu cuerpo antiguo al verde atlántico del agua
y al rumor de roca fresca de la brisa
para darte infancia nueva, luz y madre.


No es sólo un nombre nuestro para el viento, es
también nuestro nombre para el alma.






sábado, mayo 18, 2019

Acaricias lo justo y necesario







Asciendes al desván de la heredad, el tiempo cruje.
Voraces de memoria, violentan tu mirada
fotografías azules de posguerra: ya están muertos
los que sonríen desde el pueblo de tu infancia.


Acaricias el polvo de las caras, los nombres
menudos de los niños, trazados a pluma estilográfica.
Acaricias la fuente de la plaza, la nieve gris, el río, lees
el año detenido en las solapas.


Otras serán de junio: acaricias
los carros de hierba adormilados,
la tarde laboriosa, el olor a sol picante de la siega,
el castaño legendario, las costillas parsimoniosas de los bueyes.
Allá, entregada al viento, acaricias la pared solemne, el cementerio.


Y más lejos, cerrando la puerta de la iglesia, don Aurelio,
subido en su mueca de amargura, su sotana. Y acaricias
                                                                                  la piel del odio,
fresco como entonces,
y justo y necesario, como entonces.

Esperando al amigo

Black, Wonderful life, 1987






Esperabas al amigo, con tu traje de Batman, sentado a los rumores de la fuente.
Cabezudos y gigantes danzaban en la plaza soleada;
la brisa trasportaba bullicios de la fiesta, umbral de primavera,
olor de algodón de azúcar, palomitas,
el hálito industrial del tragafuegos.


Mirabas serio tu reloj, señor oscuro, y ya tardaba mucho.
Pasaban chicas y cervezas, disfraces y máscaras, risas que se iban alejando.
La vida, tal vez —extraño joker—,
le había destinado, justo entonces, algún tropiezo impredecible.
Quizá hubiera atasco por la feria, o quizá —Dios no lo quiera—,
un siniestro incidente había demorado su existencia.


Pasaron zancudos y payasos, caballeros y damas medievales,
zombis ofuscados entre kétchup y drag queens. Pocahontas y Quevedo.
Tal vez… Un accidente... Pisó sin querer su negra capa… La máscara del héroe le cegaba…
Llamaría pronto el SAMUR… Tu número sería su último contacto.
Pasaban arlequines venecianos, brasileñas en tanga, lord Voldemort, Pikachu,
piratas tuertos y princesas, el profe de Pink Floyd y Maradona.


Pensabas: me llevarán al hospital con estas pintas,
habrá que identificar al pobre Robin, aportar explicaciones:
le esperaba, queríamos desfilar en Carnaval, hablamos por el móvil normalmente…
Los doctores escrutarán mi disfraz de arriba abajo, molestos por lo absurdo,
saturados de comas etílicos y abusos de pastillas,
suspirando impacientes por las dobles jornadas, los recortes…
Pasaron Rihanna y Lady Gaga.
Y luego el tanatorio, la familia. ¿Por fin podré cambiarme?
Qué desgracia… Toda la vida por delante…


Pasaron Thor, Superman y Hulk —la masa—,
y detrás venía Robin, corriendo y resoplando, avergonzado,
una disculpa cubriéndole la máscara.

sábado, mayo 04, 2019

Don Antonio

Gamoneda


Tenía las cejas como eñes arbóreas, y los ojos
como tierra negra abierta por raíces, y la boca
delineada por el frío de la infancia: grande y plana.


Tenía los cabellos acerados, las orejas
cavernas volcánicas nevadas, y las manos
azules y surcadas, como eran las manos de mi abuelo.


No hay que admirar a nadie demasiado…
me dijo sonriendo, con un lento cabeceo de sus párpados.
Su voz sonaba atávica, nudosa,
como el eco mineral del arroyo por la gruta,
o la piedra de un molino grande, vaciado.


Se inclinó para firmar Canción errónea; miré afuera.
Valladolid reventaba de verano y, sin embargo,
mi memoria era invierno de León: balcones fríos
de la guerra. El niño viendo
los hombres encadenados a la vida, que es la muerte,
el alto poemario que fue padre,
la madre como manos en su pelo, su calor.


Sin error posible,
a pesar del título,


—sus letras mordidas y angulosas
como picos de paloma entre las sombras.

Mercader fuera del templo

lames las gárgolas obscenas


Gimes en la penumbra bajo el pórtico y extiendes
tu mano como ausencia gris, a la limosna.
Tu cuerpo desnutrido y viejo tiembla, oscila
en el aroma final de las misas, cuando arrullan
—incienso, sudor, perfume, cera…—
los últimos responsos en las bóvedas.


Mercader de caridad. Fuera del templo
ostentas en tu pecho iconos degradados de vírgenes y santos.
Humillas sonriendo tu boina desahuciada
al paso señorial de los clientes
—las carreras alegres de los niños,
la mudez somnolienta en los ancianos—
detenido en gesto fácil y magnánimo:
tendrás moneda nueva
brillando al sol y al aire primaveral, sobre tu mano.


Mercader de soledad, la plaza se vacía y cae la tarde
y vuelves a dolerte entre periódicos y sacos.
Y bebes, y murmuras blasfemias agriamente,
y conspiras furtivo contra el mundo,
y lames en la piedra
las gárgolas obscenas de las jambas.

miércoles, febrero 20, 2019

Destino MAD







Los viajes de negocio te confunden
—el zoco de Estambul, el lago rosa, el café de la oficina en Ipanema…—.
Despiertas, exteriormente a la vida,
con la sien en la ventana de un avión
y ves en la distancia una ciudad de gris desperdigado.



El cielo, reservón, no otorga pistas; el susurro
robótico del inglés de la azafata
resulta como el zumo de naranja: indetectable.
Problemas de jet lag o sueños rotos,
la cuestión es que no sabes dónde vas.



La tarjeta de embarque salvadora,
asoma entre la red del revistero.
Destino MAD.
Problemas de corazón, de memoria, o de cordura,
la cuestión es que no queda
completamente claro
adónde vas.

sábado, febrero 16, 2019

Ascenso a poética

Rapunzel, fuera de la torre




Has saltado finalmente la baranda.
Delante de ti, se yergue la torre incógnita, fragante.
Descrees del principio de pureza
y prefieres afectar que todo es farsa:
ladeas ―¿hacia quién?― la sonrisa del niño, pero sabes,
de alguna forma intensa, que quieres ascenderla.



Un mundo vertical, un sabor en la boca a enredadera,
se interponen entre el barro y los murmullos
que brotan, dorados, de lo alto
y percibes débilmente, como en sueños.
Intuyes, Romeo desastrado, la piedra lijosa tras el musgo,
los asideros del rosal aun desflorado, bajo púas,
unas uvas dulcísimas y claras que solean la enramada.



Comienza la ascensión, y en medio del esfuerzo has comprendido
que no tienes edad ni aliento para abismos,
que sangran los oídos y las manos,
que abajo espera otro,
más joven y más limpio. Y más dotado.



Y arriba espera ella, vacía de regazo, imaginando
un tallo enhiesto y duro, capaz de penetrarla.

domingo, enero 06, 2019

Especulación moral sobre el Arca Santa y el Santo Sudario

El Arca Santa y el Santo Sudario, en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo




Entonces llegó también Simón Pedro tras él, entró al sepulcro, y vio las envolturas de lino puestas allí, y el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con las envolturas de lino, sino enrollado en un lugar aparte.
Juan 20:6

Según la tradición, en los primeros años del cristianismo, se veneraron en Jerusalén una serie de reliquias de Jesús y de Sta. María, entre ellas el Santo Sudario, que los apóstoles habrían guardado en un arca de cedro. Ante la invasión de los Persas, mandados por Cosroes II, en el 614, se hizo necesario ponerlas a salvo. El presbítero Filipo fue el encargado de llevar a Alejandría el arca de las reliquias. El empuje de los persas en África dio lugar a nuevos traslados, y, a través de ellos, terminó llegando a España.
San Isidoro, obispo de Sevilla, consiguió llevar el Arca consigo cuando fue nombrado obispo de Toledo en la primera mitad del siglo VIII; en este momento, se hizo una nueva caja (de roble) que sustituyó a la antigua. Empujada ahora por la invasión musulmana, el Arca fue ocultada durante 80 años en Asturias, en la cueva de Santo Toribio, en el Monsacro. Finalmente, entre el año 812 y 842 fue trasladada hasta Oviedo por Alfonso II El Casto, lugar en el que se custodia desde entonces.

El Santo Sudario de Oviedo
G. MERAS MORENO; J.D. VILLALAIN BLANCO; J. A. SÁNCHEZ; J.M. RODRÍGUEZ ALMENAR

en año 715, Urbano, arzobispo de Toledo, «se retiró a las Asturias y llevó consigo las sagradas reliquias en compañía del infante don Pelayo para que no fueran profanadas».
Manuscrito del Archivo de la Casa de los Tusinos,
según el Diario de León del 23/04/2015







Barro, sudor y lluvia, ascenso al Monte Sacro.
Portábamos un arca de reliquias, pesada como el mundo, pareciera
el peso del Eterno en su grandeza
preñando los objetos que guardaba,
más el peso de la propia humanidad, carente y plañidera.


Urbano fustigaba sin piedad los pobres bueyes,
su yugo no era fácil;
el carro crujía bajo el arca, cabeceaba entre el barro del camino y la tormenta,
arqueándose su eje por la carga, creciente en gravedad
a medida que la cima se acercaba.


Comandaba la escolta el príncipe Pelayo
—vanidad sobre impaciencia sobre orgullo—,
haciéndose notar todo el trayecto —Toledo, Astorga, Oviedo…—,
peleándose con moros y cristianos, cuestionando la sapiencia del obispo
y el ajuar de Cristiandad que trasportábamos, el cual
insistía Pelayo en abrir y revelar sus elementos,
y confiarnos a cada quien uno de ellos,
así la misión cumpliera más ágil y discreta.


Urbano le tildaba a grandes voces de heresiarca,
afirmando que si el Arca Santa fuese abierta
pereceríamos todos al instante,
sumidos en la luz abrasadora del Amor
—fustigaba y salivaba sin descanso, sus ojos casi blancos
cortinados en lluvia y ambición de santidad—.


Un rayo atronador iluminó la cima sacra,
paralizándonos de miedo a bestias y soldados.
Los bueyes rehusaron avanzar. Urbano ardió su fusta en uno de ellos,
que cayó reventado, sostenido en vilo por el yugo.
El carro cedió su vertical hacia ese lado y partió el eje.
Urbano, enloquecido, maldijo los infiernos y el demonio
—al cual en aquel momento asemejaba—,
y se cebó con el resto de las bestias, que gemían como hienas rodeadas.



Pero faltaba el protagonismo legendario de Pelayo.
Entre vociferantes amenazas y ultimatos, desenvainó la espada
y saltó ágilmente sobre el arca, cortando la brida de piel que la amarraba.
Cayó la santa caja sobre el barro del camino
y su tapa saltó como resorte,
quedando abierta, desnuda, trasparente.
Vacía como un alma.



Vacía estaba, en efecto, como un alma,
llenándose de lluvia y de silencio y de miradas,
llenando de dudas nuestro ánimo empapado
y nuestra fe llenándola de garras, preguntándonos,
en medio del caos y la intemperie, ateridos por el frío y por los rayos,
si toda realidad es un engaño,
si toda divinidad un espejismo.



Urbano paseó su mirada demencial por el desastre.
Parecía incapaz de asimilar las consecuencias, o dudaba
entre matarse a sí mismo o a Pelayo,
o a todos, o todo al mismo tiempo. Y pareció decidirse en lo primero.
Se despojó de su cinto y se arrancó la sudada sobrevesta, de fino lino blanco,
depositándolos ambos en el arca.
Miró a su alrededor, y me arrancó mi cáliz de madera con la cincha,
depositándolos ambos en el arca.
Una daga herrumbrosa de otro hombre,
unos trozos de pan duro de Castilla que guardábamos,
una piedra roja distinguida en el camino… Así fue rellenando
el arca con objetos. Llegó el turno a Pelayo.
Encarándole, arrancó la cruz de oro que colgaba de su pecho.


— Urbano… — Pelayo parecía avergonzado en su protesta.
— ¡ES NECESARIO CREER! — gritó el obispo en la cara del infante.
Besó la cruz, emocionado, hundiéndola en el arca
al mismo tiempo que cesaba la tormenta y las nubes se alejaban.



A órdenes de Urbano, limpiamos el arca llena y la sellamos con sus bridas.
Brillaron sus brocados con el sol recién salido, se había hecho ligera
al punto que dos hombres podían sostenerla.
Libertamos a los bueyes, que corrieron ágilmente monte abajo,
incluso aquel que diéramos por muerto.


En menos de tres horas, coronamos el Monsacro con el arca,
imbuidos de una rara aleación de desatino y esperanza.


miércoles, agosto 08, 2018

La mirada del extranjero no cambia la ciudad

la ciudad, la noche nueva


https://drive.google.com/open?id=1enobs1WyBhrcgRFklgnrmLG3K6uxARfp



La misma ciudad que bien conoces
se muestra hoy extraña y diferente.

Las plazas, abrasadas de silencio por la tarde,
el brillo primitivo de las fuentes,
las tibias arcadas y cafés, los árboles de sombra —su desgana—,
el pálido frescor de las heladerías,
el híbrido rumor en las terrazas,
respiran, todos ellos, otro aire.

No cambia la ciudad, solo tus ojos
mudan de visión, de circunstancia.

                                                            Tú
adoptas la mirada y el andar del extranjero:
remiso en el saludo, holgado el paso,
vacío el sentimiento de cadenas,
como un viajante circense o de comercio
que capturase lo nuevo, la luz de lo distinto.

¿Pero, qué razón, intuyes, hay en ello?
En esta migración de perspectiva, en este exilio interno.
                                                                                                    Tú
has sido todo el tiempo un extranjero, salvo ahora,
cuando miras la ciudad, la noche nueva,
vaciando el sentimiento de cadenas.

jueves, junio 21, 2018

Viene a visitarme algunas noches

Sade. Love Deluxe, 1992

Viene a visitarme algunas noches
un niño de silencio, lento y serio, ataviado
de formas primitivas: labio, lemas
inscritos en un coágulo de sueño.
 
Su atmósfera desciende sobre mí como fermento,
oblicuamente, como talud abisal o perfusiones
que alumbran letras crípticas:
la nave seguirá, la estrella brilla— así, como Bob Dylan
presentaba su portfolio de consignas.
 
Viento que remueve mar, blando murmullo— al niño noche
le gusta confluir hacia los límites. No soy yo.
No es mi hijo, ni mi padre. Pero muestra
harina quieta y blanca entre sus manos blancas,
escarcha laminar entre sus párpados de avena
y una leve sonrisa de hospital, antes de irse.
 
Viene a visitarme algunas noches
un niño de metal —vendrá otra luz,
verás la extensa playa.

sábado, mayo 12, 2018

Autoinmune

Sigue dando días




Mi cuerpo me ama y me protege
auto-agrediéndose
en los círculos carmesíes de la inflamación;
me ama en las falanges de sarmiento retorcido,
en las uñas como lápidas verduzcas del otoño, me protege.

Sombra sólida de una luz no divisible,
la avara carne abre letargos en sus límites,
alertándome de idiomas que no entiende.
Mi cuerpo se desborda de mí para avisarme.

Ah, pero permanecen grises las razones;
los agentes externos subestiman, desconocen
la párvula bestia, sus acúmulos de grasa de memoria,
la privada entereza de sus ráfagas rectoras,
su piel callando hormigas,
sus cartílagos bruñidos de paciencia
que aman, todos ellos, sin medida,
la ley de conservación del recipiente.

Sigue dando días, cuerpo mío.
Sigue amándome, autoinmune,
con tu amor contradictorio y coherente.

domingo, abril 29, 2018

Mundo de niño, la marisma

subieron y bajaron







Era mundo de niño para ti, una marisma
entera para ti, brillante y húmeda, sin vedas,
abundante de aire naval y de salitre,
gobernada por la seriedad de las mareas.


Era mundo de sobra para ti. La extensa playa
atesoraba cristales arromados, como pétalos al tacto,
conchas como párpados de mármol, atesoraba
la tarde infinita de verano, cuando abriste
—dentro, enorme para ti, acantilado y ola—
lo que no podrás cerrar mientras respires.


Un día duro y joven te mudaste.
Oscuro y desairado, pretendías otros mundos:
ciudades como abismos, repúblicas azules,
insurrecciones amadas, un vivero de sueños relamidos
en el secarral de las ideologías, pretendiste
mujeres que ondularan dócilmente tu bandera.


La marisma fluyó, como animal, todo aquel tiempo,
ajena a tu mirada bella en odio; las mareas
subieron y bajaron laboriosas, puntuales,
mientras tú profesabas lejos las mentiras —bellas en el odio—,
regido por otras gravedades menos cósmicas,
estéril en la prisa.


Y ahora no hay marisma para viejo.
Regresas —es muy tarde— al sendero de juncos soleados por la brisa
y el agua es menos limpia y más pequeña.

jueves, abril 05, 2018

La ventaja del que olvida

Helena Christensen. Wicked Game, 1989




La ventaja del que habla es el silencio del que calla
transigiendo el rumor de sus palabras
desplegándose vacías y doradas. El sentido
se dirime solitario, con el tiempo
deshuesado de miradas y alegatos. Porque es cierto:
la ventaja del que calla reside en la mirada al que le habla
—extensa o negligente, voraz o comprensiva, no tangible—:
establece un cauce limitado a la expresión, o la desboca.
Aquellos que hablan ensalzan la ventaja del que calla, y viceversa.


La ventaja del que duda es la malicia
taladrando ilusiones, espejismos, deidades perezosas;
el amor a la razón confina el miedo —no lo extingue—
al recinto del debate interminable, o a las bromas.
Se necesita algo de fe para ser polvo y, por lo tanto,
la ventaja del que cree es el consuelo del deseo
de creer. Su amor de voluntad lo puede todo. Las palabras
deciden la verdad del que las cree, no los hechos.
No existe anhelo inverso en este caso, pero a veces
los que dudan desactivan los apóstoles errantes
fingiendo añorar la ventaja del que cree.


La ventaja del que miente es el brillo que barniza la mentira.
Los poros insaciables de la farsa rezuman seducción, son muy creíbles,
ofrecen una dulce coartada moral a cualquier acto.
La verdad resulta insípida y modesta, laboriosa, sin embargo,
la ventaja del que dice la verdad es la rocosa belleza del detalle
intrascendente —sonaba esa canción… llovía fuera…nos reímos…— no falsable.
Aquellos que dicen la verdad secretamente aspiran
a la ventaja del que miente, y viceversa.


La ventaja del que intenta es la terapia del error
previo al acierto. Triunfar es postergar la recompensa.
El absurdo complot del indolente le desuela, pero hay riesgo:
melancolía de revisar la misma mierda muchas veces.
La ventaja del que pasa es que no yerra, su coraza displicente
parcela una mansión libre de crítica y esfuerzo.
Experto al corto plazo, es hábil inculpando y exculpándose; no obstante,
las gotas de tiempo erosionan glacialmente su relato victimista.
Los que intentan nunca cambian, ni cambian los que pasan
—nunca nadie cambia—:
se completan, contrapesan, son simbióticos; por tanto
envidian la ventaja del contrario cuando cargan su balanza.


La ventaja del que finge es la atalaya de la máscara.
Teatro en el teatro, el fingidor siempre calcula en demasía
porque tiene que fingir ante sí mismo, sobre todo. En sus antípodas,
la ventaja del que ama es el ahorro
del tiempo de pensar, no hay teoría
que pueda competir con el siseo de los labios de los ángeles.
El fingidor envidia con sonrisas indulgentes la ventaja
del que ama: la ventaja del que nunca envidia nada.


Recuerda todo esto, memoria, cuerpo, vida
y concédete la ventaja del que olvida.

martes, enero 30, 2018

El juego inevitable




https://drive.google.com/file/d/1MZnPc-U7FrMdyR0J36mQ5ABOuMmSNabj/view?usp=sharing





    podrías morir esta mañana.

Te separas del sueño como siempre,
sedientas las entrañas como siempre; con tierna eficacia tus sistemas
generan podredumbre entre belleza; mientras tanto,


en una curva necesaria
el rocío helado charola el pavimento,
o en una esquina breve
un perno fatigado por el viento declina un voladizo
de filo casual para tu nuca, que avanza orgullosa y apurada;
o tal vez en ese vomitorio ferroviario
respire una bomba henchida de creencias, y acabes
siendo tripa de portada, manubrio de presión de las conciencias.


Pero también puedes vivir
si antes desplegara providencia persona o maquinaria
        y todo se evitara
-glosarías con otros viadores tu baraka;
coqueta y disfrutona tasarías las hechuras del agente
acariciando detalles temerarios que aguzasen la fruición de seguir viva.


Ahora bien,
¿de algo serviría que todo se evitara
sin la clave segura de un día inevitable?
¿Qué gozo supondría, qué ventaja?
¿Qué brillo aportarían ya más días si los días
sobrasen por eternos y su magia
-su luz incandescente, su latencia
de niño sorprendido, la promesa
de juego informulable, su ventura-
quedase desleída en abundancia?


De poco serviría
o bien de nada
si el juego inevitable se evitara.

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