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domingo, mayo 24, 2020

Ababol (con Felipe Fuentes García)



I

Ascendimos la senda que culmina
en los airosos campos de amapola;
éramos tú y yo, más la aureola
templada de la tarde alejandrina.

Cosechaste una flor, y en la ambarina
luz bailaron tu risa y su corola:
su tinto corazón, que tornasola
la lumbre de una rosa sin espina.

Mordiste el tallo humilde, yo tu boca,
como alberga un adicto adormidera,
como sueña la brisa entre las ramas…

¡Amor de juventud, locura loca!
¡Amapola fugaz de primavera!
¿Por qué duran rescoldos de tus llamas?


II

Sangran los campos en sazón. Culmina
la abierta desnudez de la amapola
un hilo de humildad con aureola
de sutil filigrana alejandrina.

Tanteo su rubor. El aire afina
en oros de soslayo la corola
y un vitral de carmín se tornasola
en intensa punzada sin espina.

Mi corazón vivificado evoca
bajo el árbol sumido en la vidriera
ternuras de simientes de otras ramas.

Y alza el vuelo con ella, que se aloca,
al sonrojo frutal de primavera,
como una abeja encadenada en llamas.



NOTA: soneto I por  Pablo Ibáñez, soneto II por Felipe Fuentes García.

jueves, abril 16, 2020

Especulación moral sobre el rey Alfonso II, primer peregrino a Santiago

Pórtico de la Gloria, en Santiago de Compostela


Favila, rey de Asturias, hijo de D. Pelayo, antes de morir a manos de un oso en 739, dejó encinta a su mujer. Froiluba dio a luz un niño y le puso por nombre Pelayo, en un intento de recuperar la grandeza de su abuelo. Por dudas de bastardía y el descrédito de Favila, el niño fue criado en ostracismo e invalidado para el trono. Y para la Historia.
El rey Alfonso II (760-842), llamado el Casto, casó con la princesa Berta de Francia, pero jamás yació con ella, ni con ninguna otra mujer, y murió sin descendencia. En 777, Pelayo, de 38 años, mantuvo un intenso romance con su sobrino Alfonso, de 17. Debido al escándalo en la corte asturiana, Pelayo fue expulsado del reino por corruptor de príncipes. Antes de exilarse, le dijo a Alfonso que vagaría por Galicia siguiendo el rastro místico de Prisciliano, hereje del s. IV, adalid de la libertad y el amor. Le prometió que le haría saber el final de su viaje
.

Jair Ibn Marjal. Mandorlas vacías. Ediciones Llovaina.


• En el año 813, un ermitaño de rito bretón llamado Pelagio comunica a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, que en el bosque de su diócesis llamado Libredón se ven unas luces extrañas. El obispo referirá después al rey Alfonso II el Casto que, buscando el origen de las luces, halló un sepulcro, que no duda en atribuir inmediatamente al apóstol Santiago. La noticia se hace oficial con el papa León III.
• Alfonso II es considerado el primer peregrino e inauguró el camino jacobeo primitivo, que parte desde Oviedo.
• En el año 1900, el hagiógrafo Louis Duchesne publica en la revista de Toulouse Annales du Midí un artículo bajo el título «Saint Jacques en Galice», en el que sugiere que el que realmente está enterrado en Compostela es Prisciliano, basándose en el viaje que sus discípulos hicieron con los restos mortales del hereje hasta su tierra natal. Posteriormente, Sánchez-Albornoz y Unamuno se hacen eco de esta hipótesis, que ha pasado a convertirse en una hipótesis muy popular, alternativa a la tradición católica.


Wikipedia, en la entrada “Prisciliano”


Quiero desatar y quiero ser desatado.
Quiero salvar y quiero ser salvado.
Quiero ser engendrado.
Quiero cantar; cantad todos.
Quiero llorar: golpead vuestros pechos.
Quiero adornar y quiero ser adornado.
Soy lámpara para ti, que me ves.
Soy puerta para ti, que llamas a ella.
Tú ves lo que hago. No lo menciones.
La Palabra engañó a todos, pero yo no fui
completamente engañado.


Himno a Jesucristo, atribuido a Prisciliano.



¿Has venido, Alfonso, a lamer lápidas negras de una tumba?
¿O has venido, peregrino del recuerdo, a salvar y ser salvado?
Brillaron noches largas en el bosque, luces limpias
precursoras de un nuevo éxodo de almas:
un clamor de Cristiandad damnificada
fecundando este confín leñoso de la tierra.

¿Has venido a pedir perdón a los distintos?
Mi padre Favila, Prisciliano, el mismo Santiago Boanerges,
se consumieron en las llamas de la sombra
atizadas por nobles y santones. Exilados, como yo,
hasta los límites del odio hacia sí mismos. Y eran hombres
abiertos al amor, como nosotros —¿te acuerdas de nosotros?—,
crucificados en sus cuerpos desde niños,
engañados en la sugestiva crepitación de la Palabra.

Pero ahora tú eres rey, y yo un anciano,
y has venido a mí sin que yo te haya llamado.
Tú, relamido en adulación de cortesanos, casto y pío,
azote despiadado de morisma, héroe y guerrero, 
ocultas tu gentil inclinación hasta a ti mismo
para no ser expulsado de los libros.
¿Has venido a que un apóstol te libere de tu asco?


He venido, Pelayo, con toda la humildad que da mi rango,
a validar la nueva epifanía, a ser testigo.
Tú puedes rebozarte en tu cinismo, protestar
cobijado por el manto del vasallo, cuyas tesis
pesan lo mismo que la lluvia sobre el río.
Puedes condenar mi cobardía del pasado —¿qué iba a hacer
con diecisiete tiernos años, diecisiete cilicios de precepto
clavados en mi voluntad y mi deseo?—.
Y yo, que soy tu rey, puedo prenderte,
calcinar el bosque Libredón, destruir esta tumba sin leyenda,
acusarte de hereje y enterrar el legado que defiendes.

O podemos cambiar con nuestros actos la vida indiferente.

Tal vez, Pelayo, este lugar remoto y mágico, salvaje,
se convierta en un imán de perfección para las gentes. Santiago, Prisciliano…
¡qué más da!, si la disposición de las almas tras el viaje
se ilumina, abierta y transparente; y más allá de columnas y de cálices,
lo sagrado adoptase como templo al propio hombre
—noble o plebeyo, puerta o lámpara—,
consciente de sí mismo en el camino
y de los otros cuando arriben todos juntos al destino.


Sea, por el bien del reino, como dices, Rey Alfonso.
Vengan pues los cercanos a Dios y los perdidos,
aquellos que anhelan redención y los que buscan.
Porque el espíritu que habita este sepulcro,
erigido y olvidado en los confines de la tierra,
sabrá la sanación que cada uno necesita: penitencia o alegría,
bullicio o soledad, luz o tiniebla, esperanza tras la muerte
o serena convicción de no esperar nada ni nadie.

Y ahora, Alfonso, abrázame, entra en mi choza
como tantos otros entrarán mañana en la indulgencia,
y cumple tu ambición de peregrino del amor. A eso has venido.

Extorsión

La grande prostituta di Babilonia. Arazzo del Castello di Angers s.XIV


Huellas de hombre se acumulan sobre ti. Tallos calientes
ansían tu receptáculo aceitado. Ejerces
la encarnación de un deseo profiláctico, el comercio
babilónico y furtivo de simiente, la paz laxa de Eva
y la jugosa fricción de la serpiente. Eres barata.

Sólo roza el silencio del páramo en la noche
el murmullo rutinario de clientes, una luz
titila macilenta en tus montículos: son tú
y son tu efímera herramienta, el campo de extorsión —sube a tu celda;
hay otros prisioneros como tú, que te penetran—.

La última descarga de la noche está en tu carne. Por fin sola,
el velo de la madrugada se despliega, ajeno a todo, por la estancia,
y revela los despojos de la máscara: los trozos de tu cuerpo
amoratados y sucios entre sábanas.

Una pena de viuda recental llena tu alma.

martes, marzo 24, 2020

Confín

https://www.deeply.com/es/es/lucia-martino-1
Lucía Martiño

Audio


Yacías confinada en mi sudor, y yo en el tuyo. Día y noche,
reflectaban distintas claridades las lomas de tu cuerpo, que se abría
encaramado a mí: un peso jadeante y leve, húmedo,
tu piel de brillo lento,
las pupilas de animal enfebrecido.


De repente nos odiábamos. Saciada juventud
repelía el sabor contrario de otra carne. Me dabas
la espalda, y el paisaje absorbía tus sentidos a través de la ventana:
la Costa de Collares, en su ciclo caleidoscópico de atmósferas,
la danza parsimoniosa de las boyas, la rula de pescado,
colmada de gaviotas que reían abundancia;
tu melena quieta y negra, refrigerándose en la almohada.


Restablecíamos el confín de brazos tras el sueño.
La merienda de labios como brevas, hinchados por el uso,
incitaba al siguiente maridaje —cuerpos vírgenes y nuevos,
frescos como el día primero que cruzamos el umbral
y cerramos la puerta de los cálculos, las sombras del futuro—.


Hoy vivo otro confín lejos del mar
y del amor. Y tú no estás.

martes, marzo 17, 2020

Después de una semana calurosa




https://drive.google.com/file/d/1rxrsc2tumOPpJXGMyQuKwWbimTdd82Zs/view?usp=sharing
Audio



Después de una semana calurosa, hubo viento de tormenta.
Las retamas entregaron su polvo de milenios y el camino
de la playa se inundó de aliento a tiza acre. Al horizonte,
nubes negras dirimían con el mar una contienda.


Perdonas cuando olvidas…— te decías, descalza sobre arena,
y unas lágrimas huían de tus córneas lijadas por esquirlas de memoria,
licuando las gaviotas reidoras del aire acantilado,
evaporándose en orgullo de párpados violentos.


Olvidas si perdonas…—corregías, olas aclaraban tus tobillos,
y una rabia virginal te enrojecía las mejillas,
y aguzaba en tu boca un dejo a engaño, salobre y portuario,
que tragabas groseramente entre saliva.


Ni olvidas ni perdonas— concluiste, al perezoso
rumor de un trueno atlántico, lejano,
y una media sonrisa hacia ti misma
iluminó la playa entera.

domingo, febrero 09, 2020

Máscara y mandorla


Paseo de los tilos en Segovia







He aquí la verdad: hacer las máscaras
Jaime Sabines

 

De manera oblicua nace el verso. Nada
parece convocarlo en esta esquina de la tarde. Sólo
un airear de mirlos acaricia la cruz del campanario
bañado en sol menguante, entre la calma.
En el horizonte final sueña la sierra.


Yo creo que es una ráfaga sistólica que atiende, aleatoria,
la presencia de algún hilo de belleza, y humedece
con sangre una cámara mustia del cerebro. Un mecanismo
de ley de conservación prueba caminos:
Te falta paz, tesoro…
Vivirías mejor en la luz cálida que vemos…
Activando la cámara de fábulas…
Tal vez su dulce producto de palabras te convenza…


¿Y qué pueden registrar las palabras seductoras?
Joder, ¿que no tenía monedas sueltas para el parking?
No. Las mandorlas vacías no hacen templo. Mejor la máscara:
un álamo vertical escoltaba mi descenso,
las luces urbanas intimaban sobre el barrio recogido,
una pareja madura consumía silenciosa su paseo.


Y era tan verdad aquella máscara creada
como el mundo, la mandorla.

martes, enero 14, 2020

Llovaina

Llovaina


Pinzó el cuello de pluma palpitante entre sus dedos infantiles
y la piedra nula y fresca. Vio alzarse
el filo codicioso, brillante de rocío,
en las manos violáceas del abuelo.


Fue por San Antón. El río plateaba la ribera
y llamaban al verano las campanas de la iglesia.
Mimados por la sombra del carballo,
afluían los vecinos de la fuente:
tritones, salamandras —gamuzas del diablo lubricado—;
renacuajos, zapateros —las maneras de Cristo sobre el agua—.


Un breve surtidor de rojo silencioso
fermentó el dorso blanco de su mano.
Serás un hombre; dotado con el premio que resistas;
pero mira la danza del pollo sin cabeza: la vorágine
en un cuerpo desnudo de conciencia, huyendo de sí mismo
a la oquedad hambrienta de una boca.



Fue por San Antón, aquel verano: la sangre del corral,
 la decente comida familiar, luego la siesta
—el sueño caleidoscópico del patio,
templado de rosales y geranios: un harén
de trinares y brisas perfumadas—,
y su estreno al placer adolescente,
al juego solitario de la tarde.

lunes, enero 06, 2020

Si la luz cediera

Rey Skywalker



https://drive.google.com/file/d/1Hh6raeqrBlZqUSbvemujJGkInwMIujrb/view?usp=sharing

¿Qué harías si al partir la luz cediera?
¿O en alta mar, oscuro pasajero,
desarbola tu nave un aguacero
y seca la esperanza de tu espera?

¿Y si la noche nunca amaneciera?
¿Si errasen: el instinto de farero,
las estrellas, tu fe de marinero,
y huyese luna nueva traicionera?

Aún sería útil esta llama
que arde en mi interior —¡amado fuego!—,
alumbrando una ruta alternativa.


¿Y si pudre ese ardor y ya no inflama?
Siempre me queda el mar, el dulce juego
de la espuma brillando a la deriva.


(Audio recitado por Hallie Hernández Alfaro)

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