Hay enclaves, generalmente de la infancia, que resumen la raíz de las vivencias que quedan recogidas en nuestra memoria. Cuando desde lejos retornamos a ellos se produce en nosotros la llamada de la tierra, lo que nos atrae de la patria chica...
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jueves, enero 14, 2021
La llamada (con Felipe Fuentes García)
martes, diciembre 29, 2020
Fuga de lebreles (con Felipe Fuentes García)
lunes, diciembre 21, 2020
Máscara y mandorla
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| Paseo de los tilos en Segovia |
He aquí la verdad: hacer las máscaras
Jaime Sabines
parece convocarlo en esta esquina de la tarde. Sólo
un airear de mirlos acaricia la cruz del campanario
bañado en sol menguante, entre la calma.
En el horizonte final sueña la sierra.
Yo creo que es una ráfaga sistólica que atiende, aleatoria,
la presencia de algún hilo de belleza, y humedece
con sangre una cámara mustia del cerebro. Un mecanismo
de ley de conservación prueba caminos:
Te falta paz, tesoro…
Vivirías mejor en la luz cálida que vemos…
Activando la cámara de fábulas…
Tal vez su dulce producto de palabras te convenza…
¿Y qué pueden registrar las palabras seductoras?
Joder, ¿que no tenía monedas sueltas para el parking?
No. Las mandorlas vacías no hacen templo. Mejor la máscara:
un álamo vertical escoltaba mi descenso,
las luces urbanas intimaban sobre el barrio recogido,
una pareja madura consumía silenciosa su paseo.
Y era tan verdad aquella máscara creada
como el mundo, la mandorla.
viernes, diciembre 04, 2020
Mi vergüenza
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| Suzanne Vega, Luka. 1987 |
La vergüenza es un sentimiento revolucionario
Karl Marx
Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra
no podría volver
Antonio Gamoneda
Yo era joven, había guerra lejos.
El Gobierno envió tropas, soldados jóvenes y pálidos
con menos privilegios que los míos.
Y había una muchacha muy guapa y progresista
que no se impresionaba fácilmente.
Había calimocho y marihuana,
había una gran marcha de protesta:
todos juntos en el sueño de inocencia fácil de las masas.
Y había un policía joven y nervioso
con menos privilegios que los nuestros
—universidad, comida y cama gratis, bromas gratis,
Levi´s rotos, vinilos y poemas
rebosantes de rabia de juguete—.
Y alguien muy valiente lanzó desde la masa
un adoquín al casco de aquel joven policía.
Volvió, a punto de caer, su rostro confundido, reflejaba
el miedo a la injusticia, al colectivo en poder del privilegio.
Y yo también entonces coreé, junto con otros:
¡ETA mátalo!
Mi vergüenza.
Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra,
no podría volver
y callar.
jueves, diciembre 03, 2020
Otoño (con Felipe Fuentes García)
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| Tenaz demolición |
I
Felipe Fuentes García
Tenaz demolición. ¿De dónde aflora,
de qué noviembre acaso, este lamento
de luz agazapada, desaliento
equinoccial que en vilo la devora?
Late el rumor, y mi bajel se escora.
En jirones las velas con el viento,
¿sobre qué boreal deshacimiento
ciñe a mi rumbo el devenir ahora?
Urde mi pecho hilados de la bruma
a sorbos de vellón. Y estremecido
seno abrasado de afiladas calmas,
espera aún en esquivez de espuma
que no lo limpien con su alud de olvido
hoy los plumeros arduos de las palmas.
II
Pablo Ibáñez
Hojas sobre mi vida, tarde aflora
un brote juvenil. En mi lamento
batallan primavera y desaliento
por luz de mí, y el tiempo la devora.
Al pairo va la nave: cruje, escora,
y un rumor de naufragios en el viento
anuncia depresión, deshacimiento…
¿Cuánto otoño? ¿Qué yo para este ahora?
Eones de llovizna, helor y bruma,
pudren mi devenir estremecido,
hastiado de tormentas y de calmas.
Pero ten por seguro que habrá espuma
con nueva ola de vida, mar de olvido:
yo veré luz de estío entre las palmas.
domingo, mayo 24, 2020
Ababol (con Felipe Fuentes García)
I
Ascendimos la senda que culmina
en los airosos campos de amapola;
éramos tú y yo, más la aureola
templada de la tarde alejandrina.
Cosechaste una flor, y en la ambarina
luz bailaron tu risa y su corola:
su tinto corazón, que tornasola
la lumbre de una rosa sin espina.
Mordiste el tallo humilde, yo tu boca,
como alberga un adicto adormidera,
como sueña la brisa entre las ramas…
¡Amor de juventud, locura loca!
¡Amapola fugaz de primavera!
¿Por qué duran rescoldos de tus llamas?
II
Sangran los campos en sazón. Culmina
la abierta desnudez de la amapola
un hilo de humildad con aureola
de sutil filigrana alejandrina.
Tanteo su rubor. El aire afina
en oros de soslayo la corola
y un vitral de carmín se tornasola
en intensa punzada sin espina.
Mi corazón vivificado evoca
bajo el árbol sumido en la vidriera
ternuras de simientes de otras ramas.
Y alza el vuelo con ella, que se aloca,
al sonrojo frutal de primavera,
como una abeja encadenada en llamas.
NOTA: soneto I por Pablo Ibáñez, soneto II por Felipe Fuentes García.
jueves, abril 16, 2020
Especulación moral sobre el rey Alfonso II, primer peregrino a Santiago
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| Pórtico de la Gloria, en Santiago de Compostela |
Favila, rey de Asturias, hijo de D. Pelayo, antes de morir a manos de un oso en 739, dejó encinta a su mujer. Froiluba dio a luz un niño y le puso por nombre Pelayo, en un intento de recuperar la grandeza de su abuelo. Por dudas de bastardía y el descrédito de Favila, el niño fue criado en ostracismo e invalidado para el trono. Y para la Historia.
El rey Alfonso II (760-842), llamado el Casto, casó con la princesa Berta de Francia, pero jamás yació con ella, ni con ninguna otra mujer, y murió sin descendencia. En 777, Pelayo, de 38 años, mantuvo un intenso romance con su sobrino Alfonso, de 17. Debido al escándalo en la corte asturiana, Pelayo fue expulsado del reino por corruptor de príncipes. Antes de exilarse, le dijo a Alfonso que vagaría por Galicia siguiendo el rastro místico de Prisciliano, hereje del s. IV, adalid de la libertad y el amor. Le prometió que le haría saber el final de su viaje.
Jair Ibn Marjal. Mandorlas vacías. Ediciones Llovaina.
• En el año 813, un ermitaño de rito bretón llamado Pelagio comunica a Teodomiro, obispo de Iria Flavia, que en el bosque de su diócesis llamado Libredón se ven unas luces extrañas. El obispo referirá después al rey Alfonso II el Casto que, buscando el origen de las luces, halló un sepulcro, que no duda en atribuir inmediatamente al apóstol Santiago. La noticia se hace oficial con el papa León III.
• Alfonso II es considerado el primer peregrino e inauguró el camino jacobeo primitivo, que parte desde Oviedo.
• En el año 1900, el hagiógrafo Louis Duchesne publica en la revista de Toulouse Annales du Midí un artículo bajo el título «Saint Jacques en Galice», en el que sugiere que el que realmente está enterrado en Compostela es Prisciliano, basándose en el viaje que sus discípulos hicieron con los restos mortales del hereje hasta su tierra natal. Posteriormente, Sánchez-Albornoz y Unamuno se hacen eco de esta hipótesis, que ha pasado a convertirse en una hipótesis muy popular, alternativa a la tradición católica.
Wikipedia, en la entrada “Prisciliano”
Quiero desatar y quiero ser desatado.
Quiero salvar y quiero ser salvado.
Quiero ser engendrado.
Quiero cantar; cantad todos.
Quiero llorar: golpead vuestros pechos.
Quiero adornar y quiero ser adornado.
Soy lámpara para ti, que me ves.
Soy puerta para ti, que llamas a ella.
Tú ves lo que hago. No lo menciones.
La Palabra engañó a todos, pero yo no fui
completamente engañado.
Himno a Jesucristo, atribuido a Prisciliano.
¿Has venido, Alfonso, a lamer lápidas negras de una tumba?
¿O has venido, peregrino del recuerdo, a salvar y ser salvado?
Brillaron noches largas en el bosque, luces limpias
precursoras de un nuevo éxodo de almas:
un clamor de Cristiandad damnificada
fecundando este confín leñoso de la tierra.
¿Has venido a pedir perdón a los distintos?
Mi padre Favila, Prisciliano, el mismo Santiago Boanerges,
se consumieron en las llamas de la sombra
atizadas por nobles y santones. Exilados, como yo,
hasta los límites del odio hacia sí mismos. Y eran hombres
abiertos al amor, como nosotros —¿te acuerdas de nosotros?—,
crucificados en sus cuerpos desde niños,
engañados en la sugestiva crepitación de la Palabra.
Pero ahora tú eres rey, y yo un anciano,
y has venido a mí sin que yo te haya llamado.
Tú, relamido en adulación de cortesanos, casto y pío,
azote despiadado de morisma, héroe y guerrero,
ocultas tu gentil inclinación hasta a ti mismo
para no ser expulsado de los libros.
¿Has venido a que un apóstol te libere de tu asco?
He venido, Pelayo, con toda la humildad que da mi rango,
a validar la nueva epifanía, a ser testigo.
Tú puedes rebozarte en tu cinismo, protestar
cobijado por el manto del vasallo, cuyas tesis
pesan lo mismo que la lluvia sobre el río.
Puedes condenar mi cobardía del pasado —¿qué iba a hacer
con diecisiete tiernos años, diecisiete cilicios de precepto
clavados en mi voluntad y mi deseo?—.
Y yo, que soy tu rey, puedo prenderte,
calcinar el bosque Libredón, destruir esta tumba sin leyenda,
acusarte de hereje y enterrar el legado que defiendes.
O podemos cambiar con nuestros actos la vida indiferente.
Tal vez, Pelayo, este lugar remoto y mágico, salvaje,
se convierta en un imán de perfección para las gentes. Santiago, Prisciliano…
¡qué más da!, si la disposición de las almas tras el viaje
se ilumina, abierta y transparente; y más allá de columnas y de cálices,
lo sagrado adoptase como templo al propio hombre
—noble o plebeyo, puerta o lámpara—,
consciente de sí mismo en el camino
y de los otros cuando arriben todos juntos al destino.
Sea, por el bien del reino, como dices, Rey Alfonso.
Vengan pues los cercanos a Dios y los perdidos,
aquellos que anhelan redención y los que buscan.
Porque el espíritu que habita este sepulcro,
erigido y olvidado en los confines de la tierra,
sabrá la sanación que cada uno necesita: penitencia o alegría,
bullicio o soledad, luz o tiniebla, esperanza tras la muerte
o serena convicción de no esperar nada ni nadie.
Y ahora, Alfonso, abrázame, entra en mi choza
como tantos otros entrarán mañana en la indulgencia,
y cumple tu ambición de peregrino del amor. A eso has venido.
Extorsión
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| La grande prostituta di Babilonia. Arazzo del Castello di Angers s.XIV |
Huellas de hombre se acumulan sobre ti. Tallos calientes
ansían tu receptáculo aceitado. Ejerces
la encarnación de un deseo profiláctico, el comercio
babilónico y furtivo de simiente, la paz laxa de Eva
y la jugosa fricción de la serpiente. Eres barata.
Sólo roza el silencio del páramo en la noche
el murmullo rutinario de clientes, una luz
titila macilenta en tus montículos: son tú
y son tu efímera herramienta, el campo de extorsión —sube a tu celda;
hay otros prisioneros como tú, que te penetran—.
La última descarga de la noche está en tu carne. Por fin sola,
el velo de la madrugada se despliega, ajeno a todo, por la estancia,
y revela los despojos de la máscara: los trozos de tu cuerpo
amoratados y sucios entre sábanas.
Una pena de viuda recental llena tu alma.
martes, marzo 17, 2020
Después de una semana calurosa
Después de una semana calurosa, hubo viento de tormenta.
Las retamas entregaron su polvo de milenios y el camino
de la playa se inundó de aliento a tiza acre. Al horizonte,
nubes negras dirimían con el mar una contienda.
Perdonas cuando olvidas…— te decías, descalza sobre arena,
y unas lágrimas huían de tus córneas lijadas por esquirlas de memoria,
licuando las gaviotas reidoras del aire acantilado,
evaporándose en orgullo de párpados violentos.
Olvidas si perdonas…—corregías, olas aclaraban tus tobillos,
y una rabia virginal te enrojecía las mejillas,
y aguzaba en tu boca un dejo a engaño, salobre y portuario,
que tragabas groseramente entre saliva.
Ni olvidas ni perdonas— concluiste, al perezoso
rumor de un trueno atlántico, lejano,
y una media sonrisa hacia ti misma
iluminó la playa entera.
lunes, enero 06, 2020
Si la luz cediera
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| Rey Skywalker |
¿Qué harías si al partir la luz cediera?
¿O en alta mar, oscuro pasajero,
desarbola tu nave un aguacero
y seca la esperanza de tu espera?
¿Y si la noche nunca amaneciera?
¿Si errasen: el instinto de farero,
las estrellas, tu fe de marinero,
y huyese luna nueva traicionera?
Aún sería útil esta llama
que arde en mi interior —¡amado fuego!—,
alumbrando una ruta alternativa.
¿Y si pudre ese ardor y ya no inflama?
Siempre me queda el mar, el dulce juego
de la espuma brillando a la deriva.
(Audio recitado por Hallie Hernández Alfaro)
miércoles, septiembre 25, 2019
Enfría el cráter
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| Jennifer Aniston en FRIENDS |
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| Audio |
En ti ardían venenos arteriales, odio líquido,
como cráter lavando tierras vírgenes.
Aducías volcánicas razones para ello: cicatrices
tras un seísmo de turbia adolescencia.
maxilares quebrantaban los debates ideológicos.
Cataclismo coherente, pregonabas, y tu vértice
giraba en torno a putas y sustancias indolentes.
absortos y fríos, livianos de sentido, trasparentes, y llovió
una calma fina y persistente —esperma de dócil erupción,
matrimonio, hijos sanos, sillón de funcionario de partido—,
secando tu dorada lava en convenciones.
una hebra simple y vegetal, verde y brillante.
domingo, septiembre 15, 2019
Tus labios y la roca
Roca: lava que labró su ascenso a un imposible
cielo, allá cuando las eras del génesis sin guía.
Craqueada, endurecida después entre lenguas de glaciares,
olvidada por milenios del beso de la vida
en un pinar baldío de alta sierra,
acunada por las brisas de luna de los veranos de tu infancia.
¿Y tus labios? Olvidados del tacto de la suerte
y la memoria de ameba del Estado —puto padre—;
continuamente alerta en la pureza del litio
y en el potro de rabia de la fama.
Besaste la roca y en ella descansó, por fin, tu espalda.
Con ella se fundió tu alma blanca.
sábado, agosto 24, 2019
Enrique Urquijo, una sentencia
I
Una diagonal de farolas amarillas zigzaguea.
Una papelina yace hollada sobre la calle polvorienta.
Tibias columnas resguardan una sombra marfileña.
Manos temblorosas, palabras graves: la sentencia.
II
Un parque dormita, inhabitado; un estanque
arrulla palomas oníricas, cisnes atenazados de belleza.
Te inyectas amor, te llama el agua
con sus brillos caleidoscópicos, helados:
entra y muere,
o vive padre y noble, en tu vacío lleno de tristeza.
III
Muchedumbres de rasgos polimórficos inundan las aceras.
Mil voces diferentes, mil bares de copas, mil embustes,
y sólo libre un portal para nacer,
y un dorso de neón desvelando intermitente
tu sentencia.
domingo, junio 23, 2019
Oscuro
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| Fangoria |
Oscuro: socavas los puentes que hacen río
y añoras en soberbia la otra orilla. Viertes
ponzoña gris en los acuíferos del alma. Solo,
bebes miedo con furor. Eso es muy fácil.
No hay mérito: demandas salvación
al numen-privilegio que proyectas con tu fuego,
y odias su cavernosa indiferencia. Tú no crees
en nada, salvo en la negra ensoñación devastadora
y en lágrimas reptiles. Y lloras porque es cómodo.
Juzgas y condenas desde tu cáustica atalaya,
pero tus hechos, tus facciones, son de hiena resentida. Exiges
rectitud en la senda de labor de los demás,
pero excavas trampas de emoción alrededor de tu desidia.
Manipulas a los sanos porque es fácil.
Oscuro: tu vida está podrida por tu culpa, sólo
puede saciarte la demencia.
viernes, mayo 31, 2019
Invitación al Jardín de los Reyes
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| Alfonso I, Favila y Pelayo, en el Jardín de los Reyes Caudillos, Oviedo |
Penetrarás el jardín de los reyes, ciudadano,
cubierto por la sombra córvida del templo.
Todo allí es
humedad fría, excremento de paloma,
piedra calando, acuchillada por hoces de posguerra.
Los caudillos te examinarán
como lápidas ciegas en la niebla,
dirimiendo en sus bocas harinosas hollín de combustible.
Oirás, según vibre tu alma, ciudadano,
los ecos de una absurda leyenda sobre nada:
una monarquía pueblerina y olvidada; o bien
una sorda condensación de tu linaje:
el origen de una patria maltrecha y vigorosa.
Verás, según vibre tu alma
—cuando la tarde despliegue su capricho por los muros,
y una luz de polvo y mandarina delimite
proporciones cambiantes de los miembros—,
estatuaria de senado latino, o bien tiránica,
solemne como muerto recental, o cómica amenaza,
que mueve a sorna, o bien alumbra trascendencia.
Según te vibre el alma, ciudadano:
jardín de reyes o circo republicano.
Es
igual.
viernes, mayo 24, 2019
Nordés
Nordés: la playa consiente y rememora.
Basta un jirón de nube blanca en la distancia,
basta el mullir de arena fría bajo lámina salada
y el trizar sordo y cremoso de las olas
para darte vida nueva, clave y patria.
No es sólo nuestro nombre para el viento, es
también un nombre nuestro para el alma.
Nordés: el sol como la seda en las banderas.
Basta que conectes tus entrañas al salitre de la barca,
basta entregar tu cuerpo antiguo al verde atlántico del agua
y al rumor de roca fresca de la brisa
para darte infancia nueva, luz y madre.
No es sólo un nombre nuestro para el viento, es
también nuestro nombre para el alma.
sábado, mayo 18, 2019
Acaricias lo justo y necesario
Asciendes al desván de la heredad, el tiempo cruje.
Voraces de memoria, violentan tu mirada
fotografías azules de posguerra: ya están muertos
los que sonríen desde el pueblo de tu infancia.
Acaricias el polvo de las caras, los nombres
menudos de los niños, trazados a pluma estilográfica.
Acaricias la fuente de la plaza, la nieve gris, el río, lees
el año detenido en las solapas.
Otras serán de junio: acaricias
los carros de hierba adormilados,
la tarde laboriosa, el olor a sol picante de la siega,
el castaño legendario, las costillas parsimoniosas de los bueyes.
Allá, entregada al viento, acaricias la pared solemne, el cementerio.
Y más lejos, cerrando la puerta de la iglesia, don Aurelio,
subido en su mueca de amargura, su sotana. Y acaricias
la piel del odio,
fresco como entonces,
y justo y necesario, como entonces.
Esperando al amigo
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| Black, Wonderful life, 1987 |
Esperabas al amigo, con tu traje de Batman, sentado a los rumores de la fuente.
Cabezudos y gigantes danzaban en la plaza soleada;
la brisa trasportaba bullicios de la fiesta, umbral de primavera,
olor de algodón de azúcar, palomitas,
el hálito industrial del tragafuegos.
Mirabas serio tu reloj, señor oscuro, y ya tardaba mucho.
Pasaban chicas y cervezas, disfraces y máscaras, risas que se iban alejando.
La vida, tal vez —extraño joker—,
le había destinado, justo entonces, algún tropiezo impredecible.
Quizá hubiera atasco por la feria, o quizá —Dios no lo quiera—,
un siniestro incidente había demorado su existencia.
Pasaron zancudos y payasos, caballeros y damas medievales,
zombis ofuscados entre kétchup y drag queens. Pocahontas y Quevedo.
Tal vez… Un accidente... Pisó sin querer su negra capa… La máscara del héroe le cegaba…
Llamaría pronto el SAMUR… Tu número sería su último contacto.
Pasaban arlequines venecianos, brasileñas en tanga, lord Voldemort, Pikachu,
piratas tuertos y princesas, el profe de Pink Floyd y Maradona.
Pensabas: me llevarán al hospital con estas pintas,
habrá que identificar al pobre Robin, aportar explicaciones:
le esperaba, queríamos desfilar en Carnaval, hablamos por el móvil normalmente…
Los doctores escrutarán mi disfraz de arriba abajo, molestos por lo absurdo,
saturados de comas etílicos y abusos de pastillas,
suspirando impacientes por las dobles jornadas, los recortes…
Pasaron Rihanna y Lady Gaga.
Y luego el tanatorio, la familia. ¿Por fin podré cambiarme?
Qué desgracia… Toda la vida por delante…
Pasaron Thor, Superman y Hulk —la masa—,
y detrás venía Robin, corriendo y resoplando, avergonzado,
una disculpa cubriéndole la máscara.
sábado, mayo 04, 2019
Don Antonio
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| Gamoneda |
Tenía las cejas como eñes arbóreas, y los ojos
como tierra negra abierta por raíces, y la boca
delineada por el frío de la infancia: grande y plana.
Tenía los cabellos acerados, las orejas
cavernas volcánicas nevadas, y las manos
azules y surcadas, como eran las manos de mi abuelo.
No hay que admirar a nadie demasiado…
me dijo sonriendo, con un lento cabeceo de sus párpados.
Su voz sonaba atávica, nudosa,
como el eco mineral del arroyo por la gruta,
o la piedra de un molino grande, vaciado.
Se inclinó para firmar Canción errónea; miré afuera.
Valladolid reventaba de verano y, sin embargo,
mi memoria era invierno de León: balcones fríos
de la guerra. El niño viendo
los hombres encadenados a la vida, que es la muerte,
el alto poemario que fue padre,
la madre como manos en su pelo, su calor.
Sin error posible,
a pesar del título,
—sus letras mordidas y angulosas
como picos de paloma entre las sombras.
Mercader fuera del templo
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| lames las gárgolas obscenas |
tu mano como ausencia gris, a la limosna.
Tu cuerpo desnutrido y viejo tiembla, oscila
en el aroma final de las misas, cuando arrullan
—incienso, sudor, perfume, cera…—
los últimos responsos en las bóvedas.
Mercader de caridad. Fuera del templo
ostentas en tu pecho iconos degradados de vírgenes y santos.
Humillas sonriendo tu boina desahuciada
al paso señorial de los clientes
—las carreras alegres de los niños,
la mudez somnolienta en los ancianos—
detenido en gesto fácil y magnánimo:
tendrás moneda nueva
brillando al sol y al aire primaveral, sobre tu mano.
Mercader de soledad, la plaza se vacía y cae la tarde
y vuelves a dolerte entre periódicos y sacos.
Y bebes, y murmuras blasfemias agriamente,
y conspiras furtivo contra el mundo,
y lames en la piedra
las gárgolas obscenas de las jambas.





















