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sábado, mayo 12, 2018

Autoinmune

Sigue dando días




Mi cuerpo me ama y me protege
auto-agrediéndose
en los círculos carmesíes de la inflamación;
me ama en las falanges de sarmiento retorcido,
en las uñas como lápidas verduzcas del otoño, me protege.

Sombra sólida de una luz no divisible,
la avara carne abre letargos en sus límites,
alertándome de idiomas que no entiende.
Mi cuerpo se desborda de mí para avisarme.

Ah, pero permanecen grises las razones;
los agentes externos subestiman, desconocen
la párvula bestia, sus acúmulos de grasa de memoria,
la privada entereza de sus ráfagas rectoras,
su piel callando hormigas,
sus cartílagos bruñidos de paciencia
que aman, todos ellos, sin medida,
la ley de conservación del recipiente.

Sigue dando días, cuerpo mío.
Sigue amándome, autoinmune,
con tu amor contradictorio y coherente.

domingo, abril 29, 2018

Mundo de niño, la marisma

subieron y bajaron







Era mundo de niño para ti, una marisma
entera para ti, brillante y húmeda, sin vedas,
abundante de aire naval y de salitre,
gobernada por la seriedad de las mareas.


Era mundo de sobra para ti. La extensa playa
atesoraba cristales arromados, como pétalos al tacto,
conchas como párpados de mármol, atesoraba
la tarde infinita de verano, cuando abriste
—dentro, enorme para ti, acantilado y ola—
lo que no podrás cerrar mientras respires.


Un día duro y joven te mudaste.
Oscuro y desairado, pretendías otros mundos:
ciudades como abismos, repúblicas azules,
insurrecciones amadas, un vivero de sueños relamidos
en el secarral de las ideologías, pretendiste
mujeres que ondularan dócilmente tu bandera.


La marisma fluyó, como animal, todo aquel tiempo,
ajena a tu mirada bella en odio; las mareas
subieron y bajaron laboriosas, puntuales,
mientras tú profesabas lejos las mentiras —bellas en el odio—,
regido por otras gravedades menos cósmicas,
estéril en la prisa.


Y ahora no hay marisma para viejo.
Regresas —es muy tarde— al sendero de juncos soleados por la brisa
y el agua es menos limpia y más pequeña.

jueves, abril 05, 2018

La ventaja del que olvida

Helena Christensen. Wicked Game, 1989




La ventaja del que habla es el silencio del que calla
transigiendo el rumor de sus palabras
desplegándose vacías y doradas. El sentido
se dirime solitario, con el tiempo
deshuesado de miradas y alegatos. Porque es cierto:
la ventaja del que calla reside en la mirada al que le habla
—extensa o negligente, voraz o comprensiva, no tangible—:
establece un cauce limitado a la expresión, o la desboca.
Aquellos que hablan ensalzan la ventaja del que calla, y viceversa.


La ventaja del que duda es la malicia
taladrando ilusiones, espejismos, deidades perezosas;
el amor a la razón confina el miedo —no lo extingue—
al recinto del debate interminable, o a las bromas.
Se necesita algo de fe para ser polvo y, por lo tanto,
la ventaja del que cree es el consuelo del deseo
de creer. Su amor de voluntad lo puede todo. Las palabras
deciden la verdad del que las cree, no los hechos.
No existe anhelo inverso en este caso, pero a veces
los que dudan desactivan los apóstoles errantes
fingiendo añorar la ventaja del que cree.


La ventaja del que miente es el brillo que barniza la mentira.
Los poros insaciables de la farsa rezuman seducción, son muy creíbles,
ofrecen una dulce coartada moral a cualquier acto.
La verdad resulta insípida y modesta, laboriosa, sin embargo,
la ventaja del que dice la verdad es la rocosa belleza del detalle
intrascendente —sonaba esa canción… llovía fuera…nos reímos…— no falsable.
Aquellos que dicen la verdad secretamente aspiran
a la ventaja del que miente, y viceversa.


La ventaja del que intenta es la terapia del error
previo al acierto. Triunfar es postergar la recompensa.
El absurdo complot del indolente le desuela, pero hay riesgo:
melancolía de revisar la misma mierda muchas veces.
La ventaja del que pasa es que no yerra, su coraza displicente
parcela una mansión libre de crítica y esfuerzo.
Experto al corto plazo, es hábil inculpando y exculpándose; no obstante,
las gotas de tiempo erosionan glacialmente su relato victimista.
Los que intentan nunca cambian, ni cambian los que pasan
—nunca nadie cambia—:
se completan, contrapesan, son simbióticos; por tanto
envidian la ventaja del contrario cuando cargan su balanza.


La ventaja del que finge es la atalaya de la máscara.
Teatro en el teatro, el fingidor siempre calcula en demasía
porque tiene que fingir ante sí mismo, sobre todo. En sus antípodas,
la ventaja del que ama es el ahorro
del tiempo de pensar, no hay teoría
que pueda competir con el siseo de los labios de los ángeles.
El fingidor envidia con sonrisas indulgentes la ventaja
del que ama: la ventaja del que nunca envidia nada.


Recuerda todo esto, memoria, cuerpo, vida
y concédete la ventaja del que olvida.

martes, enero 30, 2018

El juego inevitable




https://drive.google.com/file/d/1MZnPc-U7FrMdyR0J36mQ5ABOuMmSNabj/view?usp=sharing





    podrías morir esta mañana.

Te separas del sueño como siempre,
sedientas las entrañas como siempre; con tierna eficacia tus sistemas
generan podredumbre entre belleza; mientras tanto,


en una curva necesaria
el rocío helado charola el pavimento,
o en una esquina breve
un perno fatigado por el viento declina un voladizo
de filo casual para tu nuca, que avanza orgullosa y apurada;
o tal vez en ese vomitorio ferroviario
respire una bomba henchida de creencias, y acabes
siendo tripa de portada, manubrio de presión de las conciencias.


Pero también puedes vivir
si antes desplegara providencia persona o maquinaria
        y todo se evitara
-glosarías con otros viadores tu baraka;
coqueta y disfrutona tasarías las hechuras del agente
acariciando detalles temerarios que aguzasen la fruición de seguir viva.


Ahora bien,
¿de algo serviría que todo se evitara
sin la clave segura de un día inevitable?
¿Qué gozo supondría, qué ventaja?
¿Qué brillo aportarían ya más días si los días
sobrasen por eternos y su magia
-su luz incandescente, su latencia
de niño sorprendido, la promesa
de juego informulable, su ventura-
quedase desleída en abundancia?


De poco serviría
o bien de nada
si el juego inevitable se evitara.

viernes, agosto 18, 2017

Del barrio viejo y el barrio nuevo



https://drive.google.com/file/d/1-0MI6teFPoNMzyW0__HreVuyNrwxdeMz/view?usp=sharing


Cae la noche:
toneladas de carne reposando en altos bloques;
en el límite exterior de la nube afarolada, en este barrio nuevo,
soñar se nos revela industria inútil
y no tenemos otra.

Nos vamos avecinando entre tabiques: los llantos o las risas, las mudanzas,
los ácidos reproches y gemidos, las micciones,
el suspiro marítimo del agua en su cascada de cerámica,
la gota de tiempo pertinaz que ducha el alba,
traspasan todos ellos la quietud en un dócil estrépito  
—imposible no creer que nadie escucha, es cuestión de inercia y de cordura—.

Atraviesa los solares de grilleras polvorientas
el murmullo blancuzco del asfalto, su trasiego, y nos contiene
despiertos, boca arriba, pensando quién y a dónde
trajina con su cuerpo en esta hora, qué razones
le obligan a cansarse por el mundo, o si su noche
será una noche más, como la nuestra, igual a cualquier otra.

Despiertos en su aroma, a nuestro lado,
estrenando la cama de espaldas a nosotros,
los cónyuges de barrio
tumbados en su propio pensamiento,
absortos en la oscura calima de la estepa urbanizada,
escuchan en silencio el mismo aire, parcelándolo
—ellos con el paso de su tiempo, nosotros con lo externo…—

Así son, ahora y antes, nuestras vidas:
espejos de las vidas de los otros,
iguales a las vidas que sabía el barrio viejo.

domingo, julio 02, 2017

Todo está en ti



https://drive.google.com/file/d/1-oZjV4kw7EIxzTc3kHRQ60D48IGQSAH3/view?usp=sharing


Los versos que ahora lees no son versos,
solo una sucesión de caracteres
inédita, un zulo de entenderes
que intenta adjetivar mis universos.

Tú darás la cadencia y los diversos
matices de rumor de amaneceres;
tú serás quien evoque en los ayeres
una noche, un jardín, orgasmos tersos...

Todo está en ti, la música y la historia,
el nombre amado, brillo en que se engarza
la belleza semántica aleatoria.

Yo solo soy el verbo, la comparsa,
el dedo interruptor de la memoria,
la máscara mudable de la farsa.

martes, marzo 28, 2017

Especulación moral sobre el rey Favila, muerto a manos de un oso

Froiluba despidiendo a Favila. Monasterio de San Pedro de Villanueva, Cangas de Onís.




…no hizo nada digno de la Historia…
Crónica Sebastianense

…sin quitarse el saco de malla que traía con el pavés en la mano y la espada en la cinta, quiso ir a montería. Su mujer la reina Froiluba, dándole el corazón saltos con temor de algún mal suceso, porfiaba con el rey que se desarmase, que venía cansado de pelear y que dejase por aquel día la caza. Tirábale del faldón de la ropa pidiéndole con lágrimas y palabras de amor que se apease. El rey porfiaba en ir y tomando un azor en la mano se despidió de la reina; y ella con mucho sentimiento le abrazó y besó, quedando muy lastimada por los secretos anuncios que le daba el alma.
El rey subió por un monte que está cerca de la vega, que se llama sobremonte al lugar de Helgueras, metióse en un vallecillo que hace ese monte y yendo sólo se topó con un oso; osada y atrevidamente, soltando el pájaro que llevaba echó mano de su espada y embrazó el pavés, cerró con el oso dándole una estocada por los pechos o hijadas, mas no bastó en quitar al oso que no se abrazase con el rey, y le hiriese hasta matarle sin tener quien le ayudase. En el lugar donde los suyos le hallaron muerto está hoy una cruz».

Fray Prudencio de Sandoval, Historia de los cinco obispos




Veíamos desaparecer al joven rey entre la niebla, huyendo del poblado,
sustentando la carga de picor y herrumbre de su padre:
las mallas y las armas, la corona, el mito inmarcesible.
En vegas solitarias, en valles mínimos e incógnitos,
donde el bosque masculla su húmeda abundancia
y la gota se desliza como mundo hacia el arroyo,
allí era feliz — un azor, dos perros, un caballo—, hombre y soberano.
Sin vasallos.

La paz y las cosechas abonan un reino de frontera en la molicie.
Los moros habían renunciado  —algunos, en voz baja, decían despreciado—  nuestras tierras;
dimitieron de la guerra —infieles hasta en eso— sin acatos ni disculpas, en soberbio silencio,
violando un tácito compromiso mutuo contra el tedio.
La muerte de Pelayo nos había sumido en un presente antiguo, sin anclajes.
(Un largo funeral de curas plañendo satisfechos, Favila confundido y encorvado,
tiritando de miradas en medio del crucero, incapaz de entretenernos.)

Crecieron entre nosotros las disputas por límites y celos,
con un doble objetivo: la lucha contra el tedio
y calibrar el confín de la paciencia del rey nuevo,
a todas luces blando e indeciso, el vástago enfermizo de Pelayo.
Crecieron los rumores sobre su fe y su caridad. Pacato y reservado,
era ajeno al estilo ampuloso y detallista — tan grato al oído del obispo — de su padre al confesar.
Crecieron los rumores sobre su hombría y su coraje, se mostraba
renuente al rito del abrazo, la prueba de los nobles,
el sello fehaciente del mesías que guiara la obsesión de nuestro pueblo:
reconquistar lo que nunca poseímos.

Cansado de la pompa, atenazado en la balanza del rey muerto,
se encerró en conversaciones con bosques y animales, en la caza.
A menudo perdonaba la vida de las bestias: jabalinas criando, urogallos,
corzos jóvenes, lobeznos; acariciaba los salmones con cariño y los libraba;
respetaba los huevos de los nidos, conformándose —¿qué rey?— con un puñado de castañas.

Froiluba le esperaba trasparente entre la nieve,
consumiéndose de vida contrahecha,
deshilando juventud con una rueca,
rezando por su amor y por su reino, entumecida de piedra en la capilla,
paralizada entre rumores y el deseo abrasado de plasmarlos.

Había que hacer algo.

Quedaba un minúsculo poblado morisco en la frontera.
Los nobles y el obispo urdimos la feliz escaramuza
donde el rey diera medida sangrienta de sus brazos;
sería una tranquila cacería, una fácil limpieza de alimañas
sin alma ni decencia. Al alba partimos a caballo,
con las armas, la cruz y el estandarte, henchidos de fe cristiana y de nobleza.

Llegamos al lugar a media tarde, rezumando las ingles de dolor y lluvia sudorosa.
Diez cabañas de broza junto al río, una fogata, algunos niños
famélicos y sucios, jugando con el barro de gallinas, corriendo a refugiarse;
mujeres con criaturas de Dios entre los brazos, cubiertas con el velo,
ancianos purulentos sobre esteras, incapaces de emprender el camino de Castilla;
y cuatro o cinco hombres temblorosos, armados de palos y cuchillos,
saliendo a nuestro encuentro.
¡Por Favila y por Asturias! Cargamos contra ellos.

Favila atenazado. Favila con los ojos muy abiertos, en medio de la sangre
y de los gritos. Favila caminando como muerto entre miembros desgajados.
Favila registrando en su memoria las últimas miradas de las madres.
Favila registrando en su memoria las últimas miradas de los niños.
Favila demudado y encogido, arrastrando su espada por el suelo,
llorando de piedad, avergonzado  de lo humano
y dudando lo divino.

Cabalgamos de vuelta por la noche, en un silencio informe
y llegamos a tierra santa en la mañana. Allí nos esperaban las mujeres
ansiosas por curar nuestras heridas, Froiluba la primera,
besó a nuestro señor el dorso ensangrentado de una mano. Pero Favila no descabalgó;
mandó a por sus lebreles y su azor, impávido y distante,
sus ojos inyectados de cansancio y decisión.

Froiluba rogando y padeciendo. Froiluba arrodillándose y gimiendo,
suplicando por el reino y por el cielo.
Y nosotros callando como suelos.
Nosotros atrapados en la vida, en este extraño lapso impredecible,
en este deambular contradictorio, terrible, irrenunciable,
atados a esta raza de animales endiosados.

Y allí donde el valle se encapricha y se vuelve tenebroso,
donde el río ensordece los recuerdos con su canto
y el bosque cerrado nos muestra indiferente lo que somos,
allí esperaba el oso. El oso necesario.
Su necesario abrazo.


martes, enero 31, 2017

Otra vida, otra bahía

Madonna like a prayer, 1989


https://drive.google.com/open?id=1DhRriXkQv96AB9KVYlrwmRfn49LV86Tx





Pedías otra vida, enarcando tus cejas de cobalto,
roturando tus párpados lentos en aguante, resoplando
tu frente nervada de disgusto, acorazada,
con un sabor de odios herrumbrosos en la boca,
metiendo a Dios.


Otra vida distinta, más sencilla, dorada por la calma —una bahía
mecida en la espesura de la pesca, una cabaña
crujiendo en el ocaso, con una hamaca blanca…—;
quietas noches deambuladas entre días abarcables,
largos años de suave vivir hombre, coronados
por una suave muerte inesperada.


Eras ciego:
delante de tu ahora tenías otra vida
intacta y elegible y abierta
a todas las bahías.

miércoles, diciembre 07, 2016

Plegaria


Carrie Fisher en 1977
https://drive.google.com/file/d/1OPYk8SdSyrEAaOeQ6l_1axXdShkpa7PH/view?usp=sharing






Vas explorando terreno árido, improbable,
en gemido frío y distancia, como perro
de lomo tembloroso que husmeara
vida externa nueva
donde otros perfumaron antes con su magia los túmulos del alma.


Las leyes de ese tránsito erizado son el sueño y el recuerdo.
Recias leyes: allá entre la maleza de vergüenzas, donde odias
escarbar memorias tumefactas,
un reclamo fantasmal, un volátil humor de trufa negra
lo paraliza todo, te religa con algo que no es nada.


Lo demás es tiempo dudoso y tierra fuera:
preñadas de silencio, tus carencias
hacen uñas codiciosas y entonces, afilada y rara
polilla endémica que pasa por cedazos normativos de palabras,
ve la luz, como un recién nacido,
palpitante y compleja,
                                  la plegaria.

sábado, noviembre 12, 2016

Sueño despertar

Daysleeper


Sueño: labios, baranda, noche imaginaria. Despertar
sobre lomas en calma de otra noche —¿verdadera?—
y no saber por un instante si eres carne
o imagen proyectada. Párpados despliegan a lo negro
pupilas primitivas que apremian un ámbito exterior sin decidirlo. Rige
una ley fronteriza en la conciencia.

La breve moratoria en retomar vida baldía no es nostalgia,
porque nunca sucedió lo que soñaste. Es
un abrazar lento a la pereza de ti mismo,
un trabajo delicado de extinguir la fantasía
y volver serenamente al entendimiento blanco de las cosas.

Desciende por fin tu identidad por las lamas de luz de la persiana;
se pliega el tiempo a un orden en el brillo digital de la mesita
—la hora del suspiro y del gemido entre las sombras—:
calle X, cuidad Z, mundo D, especie H…

Y ofrece el paladar por dos veces a la lengua
un ligero sabor a caja de madera.

sábado, octubre 22, 2016

Rodrigo


Paracuellos, de Carlos Giménez


Pienso en ti, y pienso en los mecanismos del  fracaso. Muchacho
delicado te recuerdo
librando una estéril reyerta de colegio.

¿Qué es perder? Cuando el lacre vital manaba escandaloso de tu ceja
tu pírrico rival ya calculaba abrumado su galerna:
un cura de flema tenebrosa, exilio a casa,
un padre impune y monstruoso —de tal palo tal astilla—.

Eras nuevo y eras frágil, y fuiste digno como un niño.
Aquel capo de recreo y su distinguido corrillo de cobardes
esperábamos sumisión al silencio establecido, que evitaras
complicarte la vida después de un sarcasmo fornicante
sobre tu madre —pobres madres—;
que mirases huidizo hacia otra parte, como adulto…

Pero tú volvías y volvías a por puños,
cojonero, replicante; a sabiendas de la herida
física —incluso, si fuera necesaria, de la muerte—,
a sabiendas de la debilidad de todo caudillaje ante el valiente.

Tu instinto era lúcido y entero, pero solo con tiempo pude verlo.

Estoy cansado.  A veces pienso que es tarde para todo:
desertar de aquel corrillo infame, ponerme de tu lado... Debería,
aquella vez en el trabajo que aquel jefe…
o aquella otra vez que… y nunca hice nada, dije nada.

Hoy recuerdo, Rodrigo, pienso en ti
y pienso en los mecanismos del  fracaso.

jueves, octubre 06, 2016

El niño que recitaba



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Recitado por Juan Ibáñez


Cayéndose del guindo, feo y marcado,
la presa de los reyes del recreo
decía, en dulce paz de ninguneo,
palabras a compás bien resguardado.

A un orden inmortal abandonado
gustoso paladeaba aquel fraseo:
pirata luna y arpa, olmo y deseo,
el fiel moro Abenamar y el tractado.

Vibraba entre las pausas un ardor,
estrófico temblor,
un destino de santo o de corsario.

Pero el río del niño da en la mar
haciendo niñería el recitar.
La prosa le hizo adulto, un ser falsario.

viernes, septiembre 16, 2016

Asuntos de septiembre

como un ñu a punto de cruzar el río Mara

Quizá no pase el tren, después de todo. Hay una lenta rutina de hojas descendiendo sobre este apeadero. Los árboles aspiran la mañana —la batalla solar— y, sin embargo, la noche no parece dispuesta a renunciar a su granítica torpeza, a su coagulación de legaña, a su blanda parsimonia de gemidos. Un viento a ras de suelo desempolva con tedio los raíles.

Asuntos de septiembre: las nubes se acumulan espaciosas por el norte, como alas de ángeles gigantes mal lavadas, esperan renovarse en aguacero; parecen dirimir si todo cambia, si nada permanece. Pero ya se despereza la luz desde levante, apremia su labor de consumar la realidad, definir el perfil de lo existente. 

Un hombre espera en la otra orilla del andén, un extranjero. Quizá piense en mí, en lo que yo pienso de él. Su aspecto es laboral, conservativo: una entrevista de trabajo en Madrid, otros negocios... Después del compromiso podrá comerse algún menú de barrio, un bocadillo. Tal vez incluso le espere alguna cita interesante a media tarde, cuando el picor se acumula en las aceras, en los cuerpos.

Pero esto no le importa, no lo piensa: antes de que septiembre esté en septiembre, alternará entre agosto —brisa marinera de las olas— y un invierno de frías palideces. Su depresión nerviosa se verá afectada por estos vaivenes atmosféricos. Pero dirá: la Sociedad, la Política, Teresa, el tren que nunca pasa… Buscará una razón a su despiste que no tenga que ver con caducas o perennes.

Lo mismo para mí: esta desidia, este aliento de abismo en las amígdalas, este aletear de migraciones, como un ñu a punto de cruzar el río Mara. Este amor de eunuco, esta batalla.

domingo, agosto 07, 2016

El abrazo de la Nada




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Cruza el eucaliptal a pleno duelo
en una tarde estática en verano,
dócilmente la urna de tu mano
a las dunas, al mar curvado al cielo.


Inclínate en la arena, no haya prisa
—rodillas como pétalos se ofrezcan,
mejillas como auroras resplandezcan—
y añade mis cenizas a la brisa.


Gritará eternidad una gaviota
al ocaso encendido y el relente
hará de prologuista a la Gran Hada:


la Noche. Mas no abraces tal derrota,
abraza la caricia del potente
y amable contenido de la Nada.

jueves, julio 28, 2016

Pozu de carbón


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a Isabel Moncayo 



N'Asturianu 

La ponte de madera, tras el monte 
tu pueblu ente maízu, mi caballu 
bufía la nebluca del carbayu 
y el sol llambía'l ríu al horizonte. 

Mirábanme llegando namoráu 
y abríen les ventanes, y les cortes 
tornábanse glayar, y a tantu glayu 
brotaben tus sonrises como flores. 

¡Fuxir de mocedá!, que fácil daste 
pa llueu amayucar les alegríes 
y da-y fueu al prau donde fozaste... 

¿Pa qué marchaste a Uviéu? ¿Qué queríes 
que nun l'hubiere equí? Y equí dexaste 
un pozu de carbón: les penes míes. 


En Castellano 

El puente de madera, tras el monte 
tu pueblo entre maizales, mi caballo 
bufaba la neblina del carvallo 
y el sol lamía el río al horizonte. 

Me miraban llegar enamorado 
y abrían las ventanas, y las cortes 
tornaban a mugir, y a ese reclamo 
brotaban tus sonrisas como flores. 

¡Huir de juventud! Amor brindaste 
para luego mustiar las alegrías 
y darle fuego al prado en que te hozaste... 

¿Por qué te fuiste a Oviedo? ¿Qué querías 
que no lo hubiera aquí? Y aquí dejaste 
un pozo de carbón: las penas mías.

sábado, julio 02, 2016

Tu parte más salvaje



https://drive.google.com/file/d/1gZk-GHXj8_p8m0Q7uGBzPe6IwJTDUQ9_/view?usp=sharing


Tu parte más sensible tremendamente expuesta.
Víctor F. Mallada

En esa extraña paz tras un concierto
caminamos la noche por las calles
bulliciosas y tibias, los detalles
de tu cuerpo lamían el abierto

aire cosmopolita; una densa
ambición de placer desinhibía
tu parte más salvaje -parecía
tremendamente fresca, joven, tersa...

Los días han huido. La ciudad
agoniza de orden; tus quehaceres
consumen el frescor que aún pervive.

Te queda la ficción de toda edad
para salvar la esencia, lo que eres:
eximir esa parte del declive.

domingo, junio 26, 2016

Omertá

en los rincones agrios de la casa



No digas lo indecible.
Hay algo que no debe ser nombrado, es
más antiguo, más grande que nosotros, más oscuro; se acumula
en los rincones agrios de la casa, en los amarillentos retratos. 
Podemos callarlo juntos —si tú quieres—, hederlo
y escrutarnos los ojos después sin decir nada.


Vinieron especialistas del Estado a gestionarlo. 
Mostramos en silencio, nosotros, la familia, inofensivos. Era
complicado, dijeron,  incómodos en la cercanía de lo humano, 
evitando siempre cruzar nuestra mirada –el Estado—, sospechando…
Fue mejor callar.


¡Pero tú dices lo indecible, tocas lo intocable!  ¿Así pretendes
sobrevivir, ser  de provecho? ¿Quién va a significarse cuando caigas?
¿Quién, cuando pase de moda la verdad y tú vayas de auténtico y de puro?


Nadie. Calla y sálvate
porque a nadie le conmueve lo inaudito:  las palabras
indecibles de los otros, de nosotros, que retumban
en los rincones agrios de esta casa, 
en los amarillentos retratos.

sábado, junio 25, 2016

Mucho González, poco Ángel






Pidiendo ayuda a gritos en silencio
salía del poema hacia la calle.
Pausaba diez minutos en el atrio, así que remansara
la tensa inanición de la palabra.

La brisa del canal soplaba fresca.
Abría mis entrañas para olerla, sacaba un cigarrillo;
la noche transitaba sin esfuerzo, algún claxon lejano
manaba del rumor del universo.
Fumaba como un niño, libremente.

Tenía que decir mucho de ti.

De cómo desalojas la norma cuando pasas,
del mar de kriptonita en tus pupilas,
ese mohín cerval cuando calculas,
las trazas en idioma neardental si te ensimismas.

Tendría que decir, pero ya sabes
que hay mucho González, poco Ángel.


martes, mayo 03, 2016

Instante joven




En aquel instante joven el aire de la calle prendía nuestras risas
al bullicio que manaba del primer bar de la noche;
¡qué ojos pertinaces al deseo, qué fragua de sueños humeantes!
lejanos todavía nuestros cuerpos del áspero exterminio de los años.

¿No recuerdas dolernos de fruición ante un espejo,
la flor labial amarillenta, huyendo a su placer en la madrugada?
¿No recuerdas la carencia animal de perspectiva,
la ignorancia tenaz que nos salvaba y nos perdía?

En aquel instante joven, la delusoria mugre de lo serio aún no había
cubierto con su grasa las ideas, podíamos mentir tranquilamente
con esa lúcida inocencia que acaba desmintiéndose a sí misma,
molida de vergüenza ante lo cierto, presagios, condiciones….

¿No recuerdas fumar furtivamente, la casa de madera sobre el árbol
detrás del cañaveral, junto a la acequia
canalizando la brisa saturada de luz en la mañana
y no tener memoria libre ni criterio de amor para guardarlo?
¿No recuerdas deambular indistinguibles la vida y la inconsciencia?

Al punto de inconsciencia —dilo tú— que no hubo, en realidad,
instante joven, sino ahora,
en forma de nostalgia de lo incierto.

viernes, abril 15, 2016

Verboso alien


SoKo.  I thought I was an alien



      




 quisiera ser amor entre los muertos
                    Pilar Morte



Decía ya estoy bien y no era cierto.

Quedaste inserto en mí
como un verboso alien, como un quiste
okupa entre mis lóbulos frontales,
ciñendo tu presencia acurrucada,
más masa que recuerdo, más química que espíritu.

Devino un soterrar de pablos secos
después de tu inserción, como aquel viento
que entrara por otoño al bosque atónito
portando su otredad,
llevando cada hoja a suelo abierto.

Tu muerte tu invasión, verboso alien,
o tal vez fuera amor entre los muertos
que encuentra un recipiente vivo y dúctil
sin cauce que aliviar, así se llena el ciervo
del lobo yugular entre la noche.

Y un día terminó
-recuerdo la mañana esclarecida,
mi cuerpo en laxitud después del sueño,
oler café, oír a gente hablar y no eras tú-;
plegaste la neuralgia entre tus alas
y volaste a descansar hacia la nada.

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