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Narciso. Caravaggio |
Debajo de las ruinas de niñez, en ese tiempo
aterido de sueños imposibles
—mientras una proyección de hielo madre
reflejaba ambivalencia en tus ojos incesantes
y elegías adicciones o el vacío—,
enterraste en secreto tu tesoro,
así la luz de vida no pudiera clarearlo.
Fraguar aquel reflejo en una farsa
fue trampa y salvación. La sed de otros
—cada cual con su belleza y servidumbre,
sus frágiles deseos y dones envidiables—,
arañaba tu esquiva identidad, y decidiste
tu holocausto en el altar de la soberbia:
mentir y enmarañar, después la ceremonia
de odiar y someter, y luego un nuevo ciclo…
El sudor de la edad pudrió la máscara
al punto del hedor infranqueable. Los ojos de los otros
inquirieron la terca verdad a través de las costuras.
Y regresaste a las ruinas ceñudo y confiado,
sabiendo que el tesoro te aguardaba
brillante y perfumado como entonces,
deseante de tus manos como un arma.
Y no encontraste oro. Apenas polvo
lamido por los años: tu mortaja.