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sábado, junio 17, 2017

Del barrio viejo y el barrio nuevo




Cae la noche:
toneladas de carne reposando en altos bloques;
en el límite exterior de la nube afarolada, en este barrio nuevo,
soñar se nos revela industria inútil
y no tenemos otra.

Nos vamos avecinando entre tabiques: los llantos o las risas, las mudanzas,
los ácidos reproches y gemidos, las micciones,
el suspiro marítimo del agua en su cascada de cerámica,
la gota de tiempo pertinaz que ducha el alba,
traspasan todos ellos la quietud en un dócil estrépito  
—imposible no creer que nadie escucha, es cuestión de inercia y de cordura—.

Atraviesa los solares de grilleras polvorientas
el murmullo blancuzco del asfalto, su trasiego, y nos contiene
despiertos, boca arriba, pensando quién y a dónde
trajina con su cuerpo en esta hora, qué razones
le obligan a cansarse por el mundo, o si su noche
será una noche más, como la nuestra, igual a cualquier otra.

Despiertos en su aroma, a nuestro lado,
estrenando la cama de espaldas a nosotros,
los cónyuges de barrio
tumbados en su propio pensamiento,
absortos en la oscura calima de la estepa urbanizada,
escuchan en silencio el mismo aire, parcelándolo
—ellos con el paso de su tiempo, nosotros con lo externo…—

Así son, ahora y antes, nuestras vidas:
espejos de las vidas de los otros,
iguales a las vidas que sabía el barrio viejo.

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